Por: Francisco González Medina
Especial para el periódico EL FARO
El zaguán llegaba hasta el solar, y el solar es lo que hoy se conoce como Salón de los Fundadores. Donde había bestias, emplumados y otros animales. Donde años más tarde el Presbítero caleño, Ramón Durán de Cázares, oficiaría en Santa Rosa de Cabal, la primera misa. Una capilla que, por su construcción, parecía una choza como las descritas por Tomás González en su novela, Primero estaba el mar. El primer templo católico levantado en rústico con cañabrava y palmiche daría pie para que en 1875 se trasladara la iglesia al sitio que hoy ocupa. La casa que pertenecía entonces a Elías Mejía y Susana Arango, prima, según se cree, de Doroteo Arango, “Pancho” Villa, o Teodoro Arango Diez, nacido en Palestina (Caldas) o quizás en Envigado, pasaría a manos del señor, Héctor González. Leyenda o no, pienso entonces en las películas del revolucionario mexicano, sobre todo, en su bravura y en la literatura encarnada en torno al mito de sus amoríos y luchas.
Para entonces, me dice Fernando Buitrago Montes, tomándonos un tinto a las tres de la tarde, la arquitectura republicana diseñaría el parque y las primeras casas que se construirían a su alrededor. A finales del siglo XIX y comienzos del siglo XX la arquitectura colonial antioqueña se había tomado la construcción de las nuevas edificaciones. Y la guadua como estructura y el bahareque sobre tapias pisadas, así como las macanas y maderas finas, se conjugarían armoniosamente con el paisaje agreste, los corredores con chambranas, balcones y ventanas. Una conexión de la arquitectura con el espíritu de la gente que soñaba con vivir y morir aspirando la nobleza de la madera y el olor a café propagándose a cualquier hora del día.
Hace cuarenta años, Fernando Buitrago Montes le compraría a Héctor González la casa que hoy ocupa La Pastelería de César Restrepo. Y ya el solar donde funcionara también la bodega de su empresa, Arteco, moriría para darle paso a una nueva visión: piscinas y un salón de eventos. Esto después de la recesión de la construcción en el país y la creación del Upac que quebraría a más de una empresa de vivienda. Pero de aquella crisis surgiría la idea de un club para celebrar allí cumpleaños y matrimonios. Donde se reunirían amigos afines al arte, las músicas y el servicio social. Durante este tiempo, Fernando Buitrago Montes, descendiente de ese león indómito, Fermín López Buitrago, le daría un buen toque al gusto y la contemplación. Imaginaba su casa colonial como el sitio donde se darían cita pintores, músicos, poetas y actores de teatro. Pero el arquitecto soñaba también no solo con la lúdica sino también con la gastronomía y los manjares. Pero no sería él, sino un vecino suyo. Un muchacho que, desde su casa, y a través de una ventana soñaba con una pastelería. César Restrepo hijo de panadero insistía en seguir sus pasos y llegar a ser hombre de negocios. Sus productos los vendía a los vecinos y haría pruebas de sus primeros pasteles con los amigos. Y corrió el voz a voz por las calles de Santa Rosa como el trueno o el sonido de las campanas desde el alto de la basílica. Y tomó la decisión de ser empresario cuando, para su sorpresa, había vendido en solo una semana, cincuenta tortas. Solo entonces pudo darse cuenta que dos brazos no eran suficientes y que el mundo del portafolio y el marketing lo animaban a correr el riesgo. Y sería un amigo de Fernando Buitrago Montes el que lo pondría en aquella casa colonial para que aceptara el desafío. Y César Restrepo después de caminar y asombrarse con sus espacios, sus antigüedades, cuadros y lámparas, no vacilaría en creer que era ese el lugar de su sueño. Que allí le daría vida a su pastelería y al sueño de construir su empresa. Y se embarcó en ella con la firme convicción de que esa casa, capaz de cautivar y enamorar por su arquitectura y belleza, serviría para que sus clientes se sintieran atraídos por sus pasteles. Acompañados de café, una buena bebida fría o caliente. Pronto La Pastelería de César Restrepo se convertiría en el mejor espacio para disfrutar de excelentes platos de comida, postres y música en vivo. El Salón Fundadores, denominado así por su propietario, Fernando Buitrago Montes, es ahora el mejor centro de convenciones y eventos culturales de Santa Rosa de Cabal. El salón lo llena a uno de sorpresas por su esplendor y toque romántico. Cuelgan como en los mejores salones restaurantes de París o New York, lámparas esféricas de cerámica. Lucen también un piano de cola, alacenas, bifets y el bar del salón todo en madera fina. Y en sus paredes pinturas y cuadros antiguos del municipio. Al interior el visitante va a encontrarse con dos piscinas que tienen el color del mar. Rodeadas de petriles con barandillas y fuentes luminosas, anturios, novios y enredaderas. En el segundo piso son visibles los nombres de los fundadores que llegaron con Fermín López Buitrago. Se destacan sus pilares y los balaustres de los pasillos. Desde allí, como en una serenata, el turista o el local, se embelesa escuchando a los Hermanos Uribe o al grupo Reminiscencias. No es exageración si digo que la Pastelería es un lugar mágico. Recuerdo las palabras de Vladimir Ardila del Dueto Nocturnal cuando se refirió al Salón Fundadores: “Es la puerta más engañosa que he visto”. Se refería a traspasar la puerta de entrada y encontrarse con el encanto del lugar. Y tanto se emocionó este tenor con los interiores del salón, que de inmediato empezó a fotografiar cada espacio. Sí, no imaginó el Dueto Nocturnal que actuarían esa noche en un recinto de gala, endulzado con sabor a historia. En uno de los salones de arriba, en la oficina de Fernando Buitrago Montes, la imagen de un Quijote al óleo parece vigilar la casa. No está Sancho ni Dulcinea.


Epígrafes
“La casa que pertenecía entonces a Elías Mejía y Susana Arango, prima, según se cree, de Doroteo Arango, “Pancho” Villa, o Teodoro Arango Diez, nacido en Palestina (Caldas) …” ,
“Solo entonces pudo darse cuenta que dos brazos no eran suficientes y que el mundo del portafolio como el marketing lo animaban a correr el riesgo”



