Juan Bautista Castaño

UN ARTISTA DE LA PALABRA    

#Especial para el Periódico EL FARO | Por: Francisco González Medina

“Mientras soy tempestad 
tú eres la calma
altiva eres como firme palma
que ante el fuerte huracán
jamás declina”
(Sabina)

Habíamos quedado de vernos a las tres de la tarde con JB en el emblemático café Don Quijote, en Monserrate, parte alta de Santa Rosa de Cabal. Donde el Caballero de la Triste Figura y su fiel escudero, Sancho, parecen vigilar y custodiar este hermoso lugar de tertulias y reuniones familiares. Y en una repisa del amplio salón, libros para explorar y leer. Hacía días que estaba por entrevistarme con este hombre nacido en Toro (Valle) y conocido en la región paisa por sus trovas y chistes. Pero quería hablar con él no de sus éxitos en Sábados Felices que, entonces dirigía Alfonso Lizarazo, ni de sus días de gloria en New York. Al lado de Leo Marini y Hugo Romani, boleristas argentinos famosos por temas inolvidables como “Caribe Soy” y “Amorosamente”. O con Jhony Albino y su trío San Juan de Puerto Rico. Junto a un grande de la salsa: Henry Fioll. La fama que lo pondría en los rascacielos de La Gran Manzana. No, yo invité a este amigo para hablar ya no de chistes sino de esa otra faceta de su vida. De la que ha vivido enamorado siempre: las letras. De la poesía y la novela. Y a las tres —la hora convenida—, el invitado a esta crónica de El FARO, ya se sorbía el primer café de la tarde. Entonces JB iniciaría su historia hablándome de sus padres: Ana Joaquina Giraldo y Cristóbal Castaño. Ella de un pueblo del norte del Valle y él del Tolima. De su progenitora recuerda el porte italiano. Y su piel blanca revestida de nobleza. No obstante, era también la fuerza y la disciplina de la casa. Cristóbal era un campesino jovial enamorado de las coplas y del partido liberal. Era, me dice, un sectario político no violento. Y, sin embargo, sería la violencia quien los sacaría de Toro. Amenazado el jefe de la casa por los conservadores, la familia Castaño Giraldo con seis hijos a bordo, abandonarían a plena luz del día la población. Entonces la vida los pondría en Chinchiná. Y de allí a Quinchía. Siempre arrastrando la pobreza, pero también los sueños. Por aquellos días los gringos le vendían al mundo la noticia de la pisada del hombre en la luna. Y esa noticia deslumbraría al pequeño JB que, con nueve años de edad, empezaría a despertar al poeta que había en él, pero del cual nada sabía. Y no olvidaría que la noticia del alunizaje la conservaría en un recorte del periódico El Campesino. El que leía con asiduidad su padre. Que la fiebre por conservar y coleccionar recortes de prensa tendría que ver con la conquista del espacio. Entonces el muchacho de escuela no conocía aún la poesía de José Asunción Silva ni de la rima de Gustavo Adolfo Bécquer. Lejos estaba de conocer a Balzac, a Camus y a Kafka. Solo sabía que el mundo que pisaba era una esfera redonda porque la había visto en la escuela. Que vivía con sus padres y hermanos en un planeta llamado Tierra. Que allí vivían todos: ricos, pobres, negros, blancos e indios. Entonces una vez tomó la esfera en sus manos e intentó ubicar el pueblo donde pasaban tantas necesidades. Donde su hermana mayor, una segunda madre, los asistía con las sobras de la casa donde trabajaba. Comida para ellos con sabor a gloria. Sí, María Leonor, era otra mamá. Y una bendición para la familia. De pronto mi invitado a esta mesa se le aguanosean los ojos. Es el recuerdo de sus primeros zapatos de caucho. Regalo también de Leonor. Unos Panam que daban pecueca. Yo también los recuerdo porque los usé. Y nos da por reír. Sentimos que hoy podemos celebrar esos momentos como si fueran épicos. Orgullosos, sin vergüenza.

No recuerda haber visto llorar a su madre. Que se desencantó el día que descubrió que el Niño Dios era el mismo papá. Y no pudo evitar ver las diferencias entre los hijos de un papá rico y los hijos de un papá pobre. Pero aun así no cambiaría a su madre ni a su padre por otros que no fueran ellos. Sintió entonces que era feliz con lo que tenían. La insistencia de su madre para que sus hijos se educaran empezaba a cobrar sentido en la vida de JB. Entonces seguía recortando artículos de prensa que llamaran su atención. Y de vez en cuando alzaba los ojos en las noches para encontrarse con la luna. Aprendería a declamar por su hermano mayor Pedro Juan. Ya en la escuela intentaba construir versos. Entonces rimaba por rimar. Y en una izada de bandera aceptaría el reto de declamar el poema de Ricardo Nieto, “Elegía a la madre muerta”. Y saldría airoso y aplaudido. Dejaría Quinchía y se traslada a Neira, Caldas, por sugerencia del esposo de su hermana mayor. Allí adelanta primero y segundo de bachillerato. Hasta ese momento el joven JB se mostraba tímido e introvertido. Y por ese ajetreo de la vida, tomaron sus padres la decisión de irse a vivir a Santa Rosa de Cabal. Corría el año 1977. Y llegarían los nuevos inquilinos a cuidar una casa sin luz ni agua. Incluso sin sanitario. El inodoro para incomodidad de los nuevos vecinos sería el cafetal. Y le tocaría a Cristóbal con la ayuda de sus hijos y algunos vecinos hacer una letrina.  Y estaban en Santa Rosa porque a su madre le atraía la imagen del Cristo Negro. Y el cual se conserva aún en el cementerio antiguo. Entonces quería Ana Joaquina que sus hijos estudiaran en el colegio Nacional. Pero como no había cupo entonces los matriculó en el Pedro Uribe. Y allí JB terminaría el bachillerato. Para él el siglo de oro en su vida. Conoció entonces al hombre que ejercería más influencia en su derrotero: Hernando Garzón Arroyave. Del cual habla sin detenerse. Profesor de español y el cual lo llevaría a enamorarse de los libros y de los mejores autores de la nueva narrativa: obras latinoamericanas y europeas que empezaban a ser devoradas por jóvenes de todas las latitudes y hemisferios. De mares y países lejanos. Encantado por la palabra de su profesor se dejaría llevar por el entusiasmo y la pedagogía del buen maestro. De esta manera y de la mano y el conocimiento de Hernando Garzón Arroyave, el estudiante se sumergiría en las páginas del Alférez Real. Una obra de Eustaquio Palacios que despertaría en él emociones nuevas y desconocidas: el amor. Entonces creía verse a sí mismo como el Daniel de la novela vallecaucana. Y esa novela de características costumbristas e históricas se convertiría también en su primer desafío: analizar la obra. Y sacaría una nota de 8,6. Alta para la exigencia de don Hernando. Por quien sentía admiración a medida que avanzaban en la lectura de nuevas obras. Las clases de Don Hernando, me dice, eran amenas y agradables. “No creo que haya existido en Santa Rosa de Cabal mejor profesor que él. Se eclipsaba uno de la forma en que leía y explicaba. Creo que estaba lleno de pasiones por las letras. Y esa pasión siento que a mí me la transmitió. Yo me siento heredero de esa escuela”. Recuerda ahora cómo pudo leerse seis novelas en quince días. En horas de la noche, a punta de vela y lámparas de petróleo. Porque en su casa no había energía. Entonces acudiría como en los tiempos de la Edad Media y siglo XIX a leer y exponer sus ojos al esfuerzo de la lectura. Y en esas condiciones navegaría bajo la luz ambarina en las páginas de Sotiliza, una novela del escritor cántabro, José María de Pereda. El Moro, de José Manuel Marroquín; La vorágine, de José Eustasio Rivera; María, de Jorge Isaacs; Pedro Páramo, de Juan Rulfo; Don Segundo Sombra, del argentino Ricardo Guirales y Mientras Llueve de Fernando Soto Aparicio. Y de cada obra haría un análisis de estilo y contenido. Y tenía JB la facultad de descubrir metáforas, epítetos y otras figuras literarias con asombrosa facilidad. Un enamorado de la metáfora como él mismo lo confiesa: “una novela sin metáforas es como un jardín sin flores”. Insiste en los adornos que hacen de la palabra un paisaje donde imaginar sea un bálsamo y un alivio. Le gusta soñar mientras llueve. O escuchar la voz de Octavio Paz leyendo un fragmento de “El laberinto de la soledad” y que significara para el bardo mexicano el Premio Nobel de Literatura en 1990: “Quien ha visto la esperanza no la olvida, la busca bajo los cielos y entre todos los hombres. Y sueña que un día va a encontrarla de nuevo, no sabe dónde, acaso entre los suyos”. 

Me confiesa que le jugaba sucio a su profesor de toda la vida, Hernando Garzón Arroyave, porque cobraba a sus compañeros 200 pesos por cada análisis que les hacía de las novelas. Hasta que alguien lo delató y su gran profesor descubriría el engaño. Entonces, me dice, se molestó. Recuerda que le dijo: “usted está siendo víctima a la gente de su pereza”. Y dejó de hablarle por varios días. Pero eso no impidió que le entregaran las llaves de la biblioteca, donde intentó hacer un ensayo sobre Bolívar, infructuosamente porque se rendiría. Pero no pasaría eso con los primeros versos que le dedicó en el colegio a Estela Hurtado. Un amor platónico y declaraciones de amor que ella nunca conoció. Y en ese piélago inmenso de su lectura con sabor a mar y desierto se adentró en las aguas y en las arenas de otros autores, sobre todo europeos. Allí descubrió que, en una mañana, Gregorio Samsa, había amanecido convertido en un insecto. Y no supo si se trataba de un escarabajo o una cucaracha. De todas maneras, pensó que se trataba de un bicho horrible. Y que esa Metamorfosis era una manera de protestar contra algo. Que el infortunado de Gregorio había decidido rebelarse contra la familia y la sociedad. Y para llamar la atención había decidido convertirse en un insecto asqueroso. Entonces JB se alejaría de la cama de Kafka y viajaría a tierra de “El extranjero”. Donde Meursalut se enfrentaba a lo “absurdo de la vida”. Albert Camus dejaría sin aliento al inquieto JB por cuestionar el pensamiento racional “y la incertidumbre de la existencia humana”. Incluida la moral. Pero volvió a remar en aguas más tranquilas cuando sintió el fresco de la poesía de Paz en su lenguaje. Porque creyó encontrar en el poeta mexicano un lenguaje de espiritualidad en sus poemas. Y eso lo impulsaba a seguir navegando. Y en ese viaje fantástico por los libros se encontraría con Honoré de Balzac.  El prolífico autor de 137 obras. Una mirada a la sociedad francesa entre 1815 y 1830. Alguie0n dijo: “Vivió para escribir”. Y no se equivocó. JB leería con pasión algunas de sus obras, entre ellas, Papá Goriot, La piel de Zapa y Eugenia Grandet. Preguntándose siempre cómo haría para escribir tantos títulos. Supo que había sido referente del realismo literario porque sus obras estaban inspiradas en el realismo de la sociedad francesa. Descubrió también que los malos negocios y el derroche lo llevarían al fracaso y a las deudas. Pero eso no le importó. Allí en la biblioteca, como testimonio de su vida, estaban algunas de sus obras. Y eso significaba que uno de sus escritores preferidos vivía porque hablaba y respiraba en cada una de sus páginas. Que podía incluso olerlo. Pero JB llegaría más lejos. Su sed por los libros lo llevarían a La tierra del sol naciente. Y años más tarde, en una librería, se encontraría con una novela que lo cautivaría: “Lo bello y lo triste”. Entonces meditaría en su título imaginando que en su vida también estaba lo bello y lo triste. Pensaba en el amor, en el vacío que deja un amor. En un paisaje alegre y colorido, en las sombras que borran todo lo bello. Belleza en los sonidos de las palabras y tristeza cuando pierden musicalidad. O en el maltrato del lenguaje. En los pensamientos que vivifican y en los que están muertos. Sí, la obra del Nobel japonés, lo llevaría a tener otra visión del mundo. Una pluma al otro lado del mundo que contaba sus sentimientos para que ese otro mundo lo escuchara. Y Yasunari Kawabata dejaría oír su voz a través del agua y el aire desde su remoto continente. Las letras unían a los pueblos sin medir distancias. Y la poesía como la prosa no tendrían límites. El planeta había dejado de ser una aldea y ahora podíamos sentir la respiración y el aliento de un verso en nuestra nuca, viniera de donde viniera. Pero no puedo cerrar esta crónica sin antes recordar el fragmento del profesor, Hernando Garzón Arroyave, haciendo alusión al que había sido uno de sus mejores alumnos de español. Cuando el maestro de Lenguaje dirigía por aquellos días el periódico El FARO: “Juan Bautista es, en síntesis, un ser humano de gran sensibilidad, un artista de la palabra que alegra y a la vez con sus textos el ánimo de quien lo escucha o lo lee: “(…) Y como soy el arroyo/que viene de la montaña/yo soy el silencio tuyo/ y tú el eco de las aguas/”. Y Ramiro Osorio años más tarde escribiría sobre él: “Increíble, esa es la expresión que primero salta a la mente del afortunado lector que va disfrutando de la cadencia y la métrica del auténtico soneto”.

Pero el amor al poeta no lo abandonaría. Sabina iría a su encuentro. Y ella sería para él la motivación de muchos de sus versos. “Por eso siento que tu amor me llama/ y el corazón me grita que te ama con toda intensidad…dulce Sabina…!                           

Sé de la amargura que le causó perder trescientos libros por el agua. Guardaba su mayor tesoro en cajas de cartón: unas mil obras. Rescató las que pudo. Otros, incluidos una colección de Selecciones del Reader’s Digest, naufragaría sin que él pudiera salvarlos. Pero más le dolería las revistas dominicales de los periódicos. Los que venía coleccionando juiciosamente. Magazines literarios, de arte y cultura. Sí, el agua había arruinado su mayor fortuna. A pesar del infortunio recuerda que está hecho también de humor y risa. Que le gustan los boleros y las rancheras. Que “Amanecí en tus brazos”, de José Alfredo Jiménez, es un poema del alma. No solo hermoso sino universal. Y estoy de acuerdo con él, porque a mí también me gusta.                                       

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