CASA GARCÍA: LA GALERIA DE ARMANDO   

Por: Francisco González Medina – Especial para el periódico EL FARO

Cuando el pintor y yo nos sentamos para hablar, él sobre sus obras y yo sobre mis novelas, no sabía entonces que el artista que tenía al frente, soñaba con ser escritor. Y dada su sinceridad tuve que confesarle que a mí me hubiera gustado haber cambiado el teclado de mi computadora por una paleta o un pincel. ¿La razón? Me atraían los amarillos de Van Gogh. A diferencia del artista que tenía al frente, él si había podido escribir. Quiero decir que mientras él escribió un ensayo de ciencia ficción titulado: “Teorías Alternativas”; y que le sirviera para ascender en el escalafón del magisterio, yo vi resignada mis posibilidades de pintar. Imaginará usted amigo lector el porqué: fracaso absoluto. Siempre creí que el pintor en un cuadro diría tantas cosas como el escritor en un libro de 200 0 300 páginas. Sobre todo, para mí que podía ver las palabras en una bella obra de arte.  Así que mi amigo aún puede sentarse, y dejar que las páginas en blanco puedan ser llenadas por su imaginación y disciplina.

Pero estoy aquí, no para elucubrar sobre mi desastre con la pintura, pero sí para hablar sobre el arte del barroco, el óleo, el fresco, el pastel, el acrílico, la acuarela y otras técnicas. No soy un experto en la teoría de la pintura, pero me encanta lo que puedo ver con mis propios ojos. Y, sobre todo, con la sensibilidad del que escribe un poema o toma una fotografía. Pintores, poetas y fotógrafos, acuden a esa sensibilidad. Para unos del alma. Y para los más escépticos la constancia y la disciplina. Y esta reflexión me hace recordar a Gustavo Álvarez Gardeazábal, el día que me preguntó si el escritor nacía o se hacía. Y Armando, a la misma pregunta, contesta sin titubeos que él nació con la pintura. O, en otras palabras, el arte venía impregnado ya en él. ¿En el ADN? No lo sé. Quizá de su madre y de su padre que traían el arte en sus venas. O de esa conexión con el cosmos, del que se dice pertenece a las hadas y a las musas. Y esa alegoría la descubrió Armando García Ramírez, el día que a los diez años decide ser artista. Cuando ya a los tres o cuatro años la plastilina había empezado a sorprenderlo. Y no sabe si es un recuerdo del futuro o una vivencia real que aún percibe en sus manos. Porque no solo podía sentirla, sino que manipulaba la materia plástica en busca de la escultura desconocida. En las mismas falanges pequeñas con las que haría dibujos y garabatos en el tablero del salón de clases, donde su madre, Omaira Ramírez Ocampo, era profesora en una escuela de Planadas, Tolima. Tampoco escapa a la memoria del pintor nacido en Bogotá, los días que, a los cinco años, jugaba rayuela. En las calles. En las mismas donde utilizaba la tiza de carbón para hacer mamarrachos como él mismo lo dice. Ya en la Normal los profesores notaron su talento. Y el muchacho descubriría que el arte daba plata, pues los compañeros le pagaban por los dibujos. Recuerda Armando el día que dibujó el primer retrato de su madre a lápiz. Y que luego pintaría al óleo.  

También a los once años tomaría otra decisión: ser profesor. Puedo creer que tomó de su madre la vocación de la enseñanza. Y sus padres, Alberto y Omaira, respetarían la voluntad de sus hijos: cinco. Omar, Elizabeth, Armando, Juan Carlos, Sandra y Diego Fernando. Todos artistas. Una familia de “poetas y locos” como me lo dijo con una sonrisa sutil y noble la mujer que los trajo al mundo.  Y por esas cosas de la vida pronto se vieron como gitanos, de una ciudad a otra. Del frío de la sabana de Bogotá al sofoco infernal del puerto de Buenaventura. Hasta que la familia anclaría en el paisaje del Eje Cafetero. De ese derrotero, Armando me cuenta —ya estoy cómodamente sentado en su oficina sin poder sustraerme a la belleza del cuadro de Marilyn Monroe que, desde mi llegada, parece no quitarme el ojo. Y no sé si se burla de mí o de la charla que por momentos había tomado otro giro. Por supuesto que no estaba en el libreto de Armando ni en el mío— que cuando su padre empieza a pintar, él se “impregna” del olor del arte que tienen sus pinturas. Viaja a la memoria y de ella se trae la Enciclopedia del Arte que perteneciera a su padre y que él devoraría con gula.  Le gustaban las imágenes y las copiaba. Sabía entonces que el olor y el color del arte estaba en el espíritu de sus manos. Y lo cree así porque son inquietas, porque siente que le hablan, que tienen voz. Porque aún siente la plastilina y la tiza sobre el tablero. Porque sabe que de alguna manera está conectado con ese recuerdo del futuro. El mismo que lo saca de la casa transportándolo a esas dimensiones para él ya no tan desconocidas. Y que, hoy, después de tantos años, lo lleva a conectarse de nuevo quizá con pintores clásicos del Renacimiento, Diego Velásquez, por ejemplo. Un referente de la pintura barroca y por quien Armando siente profunda admiración. Los borrachos y Las Meninas. Obras que permanecen en la retina del pintor santarrosano como si él hubiera sido su autor. En los tiempos medioevales donde una obra podría tardar meses y años en terminarse. Y donde él hubiera querido estar y vivir. Se imagina por momentos en palacios de jardines y doncellas espléndidas. Recorriendo pasillos y habitaciones aterciopeladas. Con el pincel y la paleta en sus manos. En busca de la naturalidad que lo llevará al realismo de su época. Como lo haría Balzac con la literatura por vericuetos de la cotidianidad francesa. Pero Armando se quedaría con la pintura y no con las letras. Hoy se pregunta cosas y escribe. Alguien debe tener una respuesta. No cree Armando en la reencarnación, pero sí en la inmortalidad. En la de Borges.

Ahora el hombre que está frente a mí abandona las calles de Sevilla en España y vuelve a su silla. Donde Marilyn sigue sonriente, como si se burlara de nosotros. Armando me habla de su primera exposición en la Alcaldía de Pereira. 16 obras al carboncillo todas sobre la violencia y la mujer. Su primera serie. Una denuncia sobre lo que estaba pasando con la mujer en los años ochenta. Entonces me dice que la “docencia le ha dado la posibilidad de dignificar su trabajo artístico”. Y de inmediato lo encañono con mi pluma y le pregunto: “Por qué”. Sonríe y me responde: porque muchos me aconsejaron que pintar no me serviría de nada en la vida. Que el artista vive de milagro, por no decir de lástima, como pordioseros”.  Pero él sabe que no es así. Y que, si bien el arte puede tener detractores, hay una sociedad que sigue atenta a quienes le siguen apostando a la vida con sus pinturas. Y, sobre todo, a ese arte metafísico que está por encima del bien y del mal. Y que nos sigue recordando que la vida tiene un propósito. Que no está en la codicia, sino en apreciar y valorar la creación que es la mejor obra de todas. Coincidimos Armando y yo. Ahora filosofamos. Y no sé si somos estoicos o platonistas. Suspendemos la conversación y subimos por las gradas hasta la terraza de su casa. Ahora convertida en una importante galería de arte. Desde aquí podemos observar los cerros y las montañas que rodean a Santa Rosa de Cabal. Estamos en Villa Diana, recibiendo en la cima de la casa los aires de esta tierra privilegiada por el agua y sus nevados. Donde el olor a café impregna la Casa García. Y Dinelia, la esposa del artista, nos sorprende con arroz de leche. La mujer, la amiga. La amante y compañera. De la que Armando se enamora en La Celia, un pueblo de Risaralda. Donde ella fue reina. A la que recordará siempre por aquella canción de Leonardo Favio. De la que se enamoró a primera vista. Y de la cual aún continúa enamorado. La mujer que ha entregado todo por verlo feliz. Con la que hoy se regocija por el reconocimiento que han tenido sus retratos, pinturas y esculturas, porque Armando también es escultor.   

Ya no está Marilyn. Empiezo a extrañarla. Volvemos al motivo de mi presencia en esta galería de arte. Armando me cuenta que estudió en la Universidad del Quindío y que es egresado del Colegio Normal de Pereira. Que fue el único de esa camada que no aceptó el nombramiento como profesor. Su visión y sus sueños lo esperaban en Bogotá donde pensaba estudiar Artes. Y en esa decisión doña Omaira sería incondicional con él. Confiaba en el talento de Armando. Y partiría como el joven que sale con sus maletas de la casa a perseguir un llamado que venía sintiendo desde niño. Se hospedaría en la capital donde una tía que intentaba controlar su vida. Pero el artista ávido de libertad abandonaría la casa de su pariente y alquilaría una pieza donde dormiría en el suelo la primera semana. Trabajaría en el día y en la noche. En una Bogotá donde muchas veces se sintió solo y perdido. Perseguido y tentado por fantasmas que intentaban desanimarlo. Lloró el día que “llevé mis obras al pastel a una exposición. El curador me dijo que mejorara. Que aún me faltaba”. Rompió entonces las obras poseído por la rabia y la impotencia. Pero un primo suyo alcanzó a salvar una de sus obras. No obstante, siguió dibujando y pintando. Poniéndole buena cara al mal tiempo como dice el adagio popular. Pero sus obras al carboncillo y su técnica con el óleo serían conocidas por expertos de la pintura. Entre ellos Germán Ossa, prestigioso curador de arte que lo invitaría a una exposición en el Teatro Santiago Londoño de Pereira. El tema: Encuentro de Dos Mundos. 500 años de América. Y Armando presentaría doce obras. Seis representan a Van Gogh y Velásquez, entre otros, disfrazados con trajes de conquistador. Y las otras seis obras a indígenas que amenizan el encuentro con zampoñas, quenas, flautas y charango. Su obra entonces no solo es un éxito, sino que es invitado a exponer en Cali, Bogotá y Armenia. Lo haría también en la Alianza Francesa y en el Colombo Americano de Pereira. Pero Armando quiere llegar más lejos, siente que sus obras deben trascender. Que el recuerdo del futuro es una pequeña muestra, el inicio de un sueño que ahora lo puede palpar y que lo empuja a buscar otros horizontes y latitudes.

Poseído ahora por ese ímpetu febril de la pintura decide viajar a los Estados Unidos. Ya los contactos están listos. Una tía espera por él. Será, Luz Dary García Velásquez su representante, su manager. Y su técnica con su obra se llevará el galardón. Gana el Festival Winter Art con una obra indigenista: un músico indígena del Amazonas. Y la moñona seráfamiliar porque, su hermano Juan Carlos, escultor, ganaría mención de honor en el mismo festival con una máscara indígena. Ahora el profesor puede palpar con sus manos ya no la plastilina ni la tiza, sino las puertas que se abren ante él para que pueda ingresar a la gloria. Y si bien Armando no estaba en la España de Diego Velásquez, ni en la Italia de Miguel Ángel, podía sentir que el espíritu del arte se manifestaba en él. Donde el niño del recuerdo desde un pupitre o una mesa sonríe y aplaude. Gana enseguida la convocatoria de arte en High School y expone en la librería de Puerto Libre. Vende sus obras también en espacios culturales en New york y le llegan invitaciones para exponer en España. El arte ahora parece ponerlo en una encrucijada. Viajar a Europa significa que tendrá que alejarse de la familia por un tiempo. Y él ama a su familia y no quiere separarse de ella. Cree que pone en riesgo su amor y el amor de su hijo. Pero Dinelia lo anima. Le dice que, si ese viaje a España lo hace feliz, ella será también feliz viéndolo triunfar. Y se quedó el pintor con el amor de su esposa. A cambio le propone a ella y a su hijo viajar a los Estados Unidos. Entonces alista la exposición “Princesas Guajiras”. Se endeuda Armando y renuncia temporalmente al magisterio donde ya ejercía como profesor. Y lo hace bajo la figura de Comisión de Estudio. En su país, familiares y amigos le organizan la despedida.  Pero su estrella esta vez parece perderse, pues al día siguiente antes de salir para el aeropuerto, descubren que las 12 Princesas desaparecen. No hay rastro de ellas. Registran la casa y no las encuentran. Algo o alguien parece jugarle una mala pasada al artista. Armando se ofusca y todos se desconciertan. ¿Cómo se esfumaron? Nadie lo sabe. Habría que investigar y ya no hay tiempo. El avión está listo ya en el aeropuerto. Y si no se apresuran perderán también los tiquetes. No hay nada que hacer. En esta ocasión la suerte está echada.  Y el artista con visibles signos de preocupación aborda el avión con la familia. Sabe que va corto de plata. Que llegará a los Estados Unidos “con una mana atrás” y sin sus princesas guajiras. Trata de ocultar su preocupación, pero Dinelia lo conoce bien. Ella también está tensionada. En el aeropuerto lo recogerá un tío que ya estaba enterado del mal momento de su sobrino. Ya en tierra gringa al pintor se le ocurre crear la serie Rituales. Cuadros de expresión indigenista que pronto los va a vender. Pinturas con técnicas mixtas. Me cuenta que había participado también en un concurso de pintura regional de arte. Que su obra “La masacre” es una montaña de cadáveres y dos niños huérfanos. La niña mirando la “montaña” y el niño dándole la espalda a los muertos. Ambos con lágrimas y una mujer embaraza con un tiro en el vientre. Su obra conmovió a los asistentes. Y se llevó el premio. Esta pintura, me dice Armando, es la modificación de una foto real.  

Ahora ya no tengo a Marilyn, pero sí al indio Tikuna. Un nativo de la Amazonía con sus colores y atuendos originales. Una obra magistral. Me dice Armando que es la obra popular que más ha reproducido. Y tengo que creerle. Me gusta. Pero ahora abandono Villa Diana y me traslado a la mágica sala de Cerhiscafé, del arquitecto Fernando Buitrago Montes. Donde hace pocos días, Armando García hizo entrega del retrato del doctor, José Ramón Ortega, a la Sociedad Bolivariana de Santa Rosa de Cabal. Hay invitados. Homenaje a un hombre que será recordado por siempre y del cual se pueden escribir muchas páginas. Y el Quijote lo sabe. Y tomaremos vino. En honor a su memoria, a su esposa y a su familia. Y no seremos los borrachos de Diego Velásquez, pero sí reconoceremos las bondades del vino y el triunfo de Baco en nuestra alegría. ¡Salud! Y creo ver por un instante ver a las princesas guajiras. Nos sonríen. Son hermosas.                                                                       

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