Por: Fabián Osorio Mosquera
¿Qué significa cumplir 40 años? Me preguntaba hace unas semanas cuando estaba llegando a esa cifra. ¿Qué tanto ha pasado en la existencia de un hombre promedio? ¿Qué tanto se ha vivido?
Me puse a averiguar y encontré que a estas alturas mi corazón habrá latido más o menos 1.500 millones de veces, que he mudado de piel 900 y que el peso de esta piel reunida estaría entre 18 y 20 kilos.
Que a lo largo de estos años he saludado formalmente a unas 10.000 personas y conocido a unas 2.000 —o 3.069, como marca mi agenda— pero, que en estos momentos, solo llamaría a 3 o 4 a las tres de la mañana en medio de una crisis.
He dicho 25.000 mentiras y llorado 400 veces, casi todas en los últimos meses. Pero también he reído —más o menos medio millón— y he dicho 50 verdades por cada una de esas mentiras, esto como recordatorio de que en esta vida el dolor y lo negativo hace más ruido, pero la alegría y lo positivo es más frecuente.
Me he enamorado en 2 o 3 oportunidades y, por estadística pura, difícilmente lo vuelva hacer, aunque uno nunca sabe.
He pasado durmiendo lo equivalente a 13 años y soñado en cada una de esas noches que los conforman. El 95% de esos sueños ya los olvidé pero en ese 5% restante habita el deseo de seguir viviendo como lo he hecho hasta ahora: intensamente y sin miedo —o actuando a pesar de él—, dando todo lo que he podido con la conciencia de cada momento y tratando de aumentar ese nivel de conciencia con el paso de los años, recordando que al final, independientemente de cómo haya vivido, pesaré 2.000 gramos de cenizas, cuando el fuego de mi muerte haga su trabajo y reclame lo que es suyo.
Mientras tanto, elijo vivir los próximos 40 años, o lo que sea que me quede, fijándome cada vez más en la calidad del fuego de mi vida, para que su fuerza y su vigor sea tan alto y tan
potente que me hagan llegar al final de mis días agotado y bien usado; habiéndolo dado todo, con la satisfacción de saber que mientras hubo combustible no me guardé ni una chispa y que mi victoria consistió en ser llama a pesar de saber que terminaría siendo ceniza.


