UNA ESTAMPA DE LA CULTURA RELIGIOSA

Por: Francisco González Medina

Especial para el periódico EL FARO

Uno de los atractivos turísticos de Santa Rosa de Cabal que más ha llamado mi atención por su arquitectura y belleza, es la casa de la Escuela Apostólica de los hermanos vicentinos. Una construcción inspirada no solo en la vivienda típica del paisaje cafetero, sino también en el arte arquitectónico francés. Su edificación me traslada a los claustros de la Colonia. Popayán, Tunja y Quito. A las mismas haciendas y casas construidas en los siglos dieciocho y diecinueve. Sobre todo, en edificaciones reconocidas por su legado cultural e histórico. Una de ellas, La Casa de la Sierra, donde, Isaacs, inspirado en la majestuosidad del paisaje, escribiera la inmortal obra de María. O la Hacienda Cañasgordas, recordada por el amor de Daniel y Doña Inés de Lara y Portocarrero. La pluma de don, Eustaquio Palacios, describiría no solo los pasillos y corredores de la casa, sino la historia de otro necio romance, como diría un amigo mío. El Alférez Real entraría a formar parte del boom de la novela romántica que tendría a Europa como uno de sus mayores exponentes. Siento que el olor de la Escuela tiene los mismos olores de las haciendas. Que el secreto se esconde en el espíritu de la madera. En las chambranas y barandas, coquetas y armoniosas en puertas y ventanas. En sus tapias y paredes de bahareque, con la capacidad de esconder en ellas morrocotas y joyas familiares. Posesiones que darían pie al imaginario popular para tejer historias de tesoros y fantasmas.   

También dos meteoritos, señales del cielo. 

El recorrido empieza a la entrada del claustro vicentino. Allí me encuentro con la figura de Juan Floro Bret. No es un santo, es la imagen del fundador de una de las escuelas con mejor formación académica y religiosa. Y quizás una de las más importantes e influyentes que haya tenido nuestro país. Este apóstol, que decidiera un día vestir los hábitos de la comunidad vicentina, tomaría la decisión de seguir los pasos de otros misioneros. Y ese destino no estaría marcado por estrella astral ni física, sino por los dictados de su vocación. Proclive al sacerdocio empezaría un largo camino de servicio. Pronto se enrolaría no al ejército francés, pero sí a la obra de San Vicente de Paúl. Un lazarista francés que había servido a cientos de niños hambrientos y enfermos en la Francia de Víctor Hugo y Honorato de Balzac. Con el entusiasmo de extender la obra Vicentina, el P. Bret se embarcaría a tierras lejanas con el título de Visitador. Su misión, fundar un Seminario en Manizales. Sin embargo, la tozudez del cura de Santa Rosa de Cabal y algunas personas, lo convencerían para que se estableciera en la tierra de las aguas medicinales. Y se encantó el sacerdote con el clima y la amabilidad de su gente. También con el Mirador de la Colina donde visualizaría la Escuela Apostólica y con ella el sueño del Seminario Mayor. La que sería declarada parte del patrimonio histórico y artístico de la nación.   

Ahora recorro los pasillos en compañía del diácono, Óscar Betancourt. He dejado al P. Bret a la entrada del antiguo claustro. Mi guía me dice que pronto se ordenará de sacerdote. Es joven y lo expresa con entusiasmo. Entonces le hablo de Balmes y su libro El Criterio. De la profesión y la vocación. Él también lo conoce. Me invita a conocer el museo de la casa. Imagino a cientos de estudiantes jugando y platicando. Escucho sus risas. Se han quedado aquí. Pero nadie los ve. Aquí no hay fantasmas. Los novios cuelgan de sus macetas por los pasillos. Sus colores son diferentes. Enamoran. Ya no hay seminario ni hay seminaristas. Entramos al museo, creí que era uno solo, pero no, son tres. Puedo contemplar los íconos religiosos. Hay sillas mecedoras en los pasillos. Me gustaría sentarme y leerme un libro. Aquí no cruje la madera, me dice Óscar. Solo en las noches con el viento. Veo de cerca el sagrario, está hecho de madera y revestido de hojilla de oro. Observo los vitrales y las columnas griegas de la capilla. De pronto el silencio y el recogimiento sacro me hacen creer que estoy en otra dimensión. Orbitando fuera de la casa conventual.  Es un templo para la oración personal. Donde cada uno puede desnudarse y ver al Cristo interior que hay en él, en cada uno de nosotros. Paso a contemplar con emoción las antiguas impresoras, las viejas máquinas de escribir, los proyectores de cine. También dos meteoritos, señales del cielo. 

He dejado al P. Bret a la entrada del antiguo claustro. 

Conozco al P. Gabriel Naranjo Salazar. Es el actual rector. Creo que tendré una entrevista con él. Hablaremos por supuesto del seminario y la Escuela Apostólica.  Es egresado de aquí y podrá contarme, seguramente, muchas cosas. Piensa en el parque Los Fundadores. En lo que hará la administración del alcalde, Rodrigo Toro. Es optimista y cree que a Santa Rosa de Cabal le está llegando gente de todo el país. Y también del exterior. El antiguo seminario es ahora hospedería. Centro de convenciones y encuentros. El hombre que tengo al frente es una persona jovial, con buen sentido del humor. Me despido de él con la sensación de que la antigua Escuela es una estampa de la cultura religiosa. Le digo adiós al P. Bret, Siento que servir a los demás justifica haber vivido. Me voy pensando en el laboratorio de historia, Martha Lucía Eastman Vélez. El salón lleva su nombre. Sé que para intelectuales y periodistas es el “Hada Madrina de la cultura risaraldense”. Afuera está Sócrates. Bien podría ser Fermín López, el fundador de Santa Rosa de Cabal. Creo que el monumento del pensador griego ilumina el orbe. Me tomaré un tinto en el parque y terminaré de leerme el final de un cuento.               

Ya no hay seminario ni hay seminaristas.

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