MEMORIA MUJERES SANTARROSANAS

Por: Jaime Fernández / Fecha: lunes 7 de octubre

El patriarcado o el imperio de la autoridad masculina se perpetuó a través de los siglos permeando todas las clases sociales en las diferentes épocas históricas que ha atravesado lo humanidad. El mundo, moldeado por el hombre a través de la fuerza y la violencia de las guerras dio origen a una antiquísima estructura económica, social, psicológica y política donde el varón ostentaba el poder y usufructuaba los privilegios quedando la mujer relegada a ignominiosos niveles de marginalidad, sumisión y exclusión.

 El estereotipo propio del pensamiento dominante, influenciado por prejuicios ancestrales, se replicó en las doctrinas religiosas, filosóficas y políticas:

Ya desde los albores del mundo, cuando el pensamiento mágico inherente a la naturaleza humana intentaba a través de la Mitología Griega explicar los fenómenos naturales que el hombre no podía entender, le atribuyó a la mujer en cabeza de Pandora, la responsabilidad de haber propiciado la propagación de los males que atormentarían a la humanidad, al abrir, para alimentar “una curiosidad malsana” la caja donde los dioses, guardaban celosa y herméticamente las causas del sufrimiento del género humano. El mismo prejuicio se arraigó en el cristianismo en todas sus variantes: aún en la mente de los creyentes de antaño, subyace la imagen del severo ángel esgrimiendo una intimidante espada flamígera expulsando a Adán y Eva del paraíso terrenal como castigo por haber quebrantado “a instancias de la mujer” quien había sucumbido a las sibilinas consejas de la serpiente perentorias prohibiciones generando de acuerdo con la doctrina, “el pecado original”. Se le endosó a nuestra “madre Eva”, como a Pandora, el sufrimiento de la sociedad. En Colombia, hasta 1932 el código civil consideró a la mujer como menor de edad, aún después de adulta no podía actuar legalmente por sí misma, ni comprar ni vender sus bienes, ni viajar sin el permiso del marido.

Este sino trágico suscitó clamores de angustia como el de la poetisa argentina Alfonsina Storny quien interpretando el momento histórico que vivían sus compañeras de género, exclamo: “¡Señor: el hijo mío que no nazca mujer!” y en el culmen de su desespero terminó su existencia internándose en el mar. El vasto piélago amortajó su endeble figura; una canción, Alfonsina y el mar inmortalizó el dramático sacrificio: “…te vas Alfonsina con tu soledad/ ¿Qué poemas nuevos fuiste a buscar?/ Una voz antigua de viento y de sal/ Te requiebra el alma y la está llevando/ Y te vas hacia allá, como en sueños/ Dormida, Alfonsina, vestida de mar…”

Pero el acero se templa a golpes. Surge la resistencia de la mujer con ímpetu alimentado por la llama interior de libertad y dignidad cuestionando las raíces más profundas de las relaciones entre los hombres y las mujeres y apuntando a una nueva manera de entender al mundo:

En 1791, Olimpia Gouges, defendía su derecho a participar en los debates ideológicos de la Revolución Francesa expresando: “si la mujer tiene derecho a subir al cadalso, también lo tiene a subir a la tribuna” y una vez vencida la férrea oposición publicó en el mismo año, “Los Derechos de la Mujer”, como complemento a los “Derechos del Hombre”, paradójicamente, su obra, pasó al olvido, mientras el mundo sacralizó los Derechos del Hombre. Al final, fue guillotinada acusada por sus correligionarios de ser “una conspiradora que había abandonado las virtudes propias de su sexo”. Se confirmaba así la célebre sentencia: “Las revoluciones devoran a sus mejores hijos”.

En el resto del mundo la lucha continuó, las activistas sabían que su opresión no hacía parte del “orden natural” y estremecieron el modelo de sociedad de entonces en lucha abierta contra los estamentos dominantes en unos casos, ejerciendo la resistencia pasiva en otros o en actos de conmovedora autoinmolación como ocurrió el 14 de junio de 1913, en Inglaterra, cuando Emily Davinson activista por los derechos femeninos, se lanzó temerariamente a la pista mientras la multitud expectante dirigía su mirada a la línea de meta en el Derby de Epson, siendo brutalmente atropellada por el caballo del Rey George V. La dramática imagen con los cuerpos inertes del jinete, el corcel y los estertores agónicos de Emily, impactaron profundamente a la sociedad de entonces, aunque no produjo un cambio inmediato de actitud respecto a los derechos de la mujer, pues su actitud fue catalogada como un “acto demencial” y no de desespero.

Con el tiempo, el sendero abierto en pro de la dignidad de la mujer, logró grandes avances en la reivindicación de sus derechos civiles y políticos hasta lograr con liderazgo, eficiencia y merecimientos la categoría de estadistas como ocurrió entre otras, con Ángela Merkel en Alemania, Indira Gandi y Menazir Bhutto tipificando con lujo de detalles la frase de W.R.Wallas: “La mano que mece la cuna, es la mano que rige el mundo”, aunque triste es decirlo, las dos últimas, gobernantes de La India y Pakistán respectivamente, fueron asesinadas en aras de sus ideales políticos.

Ahora, auscultando la historia de la mujer en nuestra ciudad, queda en evidencia su importancia en la construcción de la economía regional afrontando las exigencias inherentes a las labores del campo, mientras cumplía abnegadamente su trascendental rol familiar. No obstante, como se planteó antes, la ley le negaba sus derechos fundamentales subordinándola al marido. Pero ese ser “con alma de cristal y blindada en acero” gradualmente fue encontrando un lugar bajo el sol cambiando su destino con valor, rebeldía y la fuerza de la razón. Son muchas las mujeres dignas de mencionar en la historia de Santa Rosa, pero voy a referirme en especial a Eusebia Joaquina Herrera quién en 1872, desafiando las normas de la época, “abandonó” a su marido quién, invocando la vulneración de sus derechos maritales, inició ante la alcaldía un proceso policivo. Eusebia Joaquina fue obligada a comparecer a la Casa Consistorial en una atmósfera de por sí intimidante, siguiendo los ritos y solemnidades de un tenso juicio, pero nada de esto la amilanó porque las respuestas en su declaración fueron seguras y no exentas de ironía: revelaban la confianza en sí misma de alguien acostumbrada a ganarse la subsistencia en el comercio de pueblo en pueblo batallando tesoneramente en un ramo reservado para el hombre.

Al culminar la diligencia Eusebia Joaquina se negó a regresar con su esposo y mientras continuaba el proceso fue entregada en depósito a “un ciudadano de reconocida honorabilidad”. La querella fue histórica, pues a pesar de sus restricciones, asumió su defensa desmintiendo las acusaciones en su contra con pruebas documentales y testimonios de quienes conocían su espíritu de trabajo, su valioso aporte a la economía familiar y el trato abusivo de su consorte. Después de un largo y engorroso trámite el alcalde de la época se rindió ante la evidencia y la justicia y absolvió a nuestra heroína de toda responsabilidad, quedando en libertad de continuar sus actividades comerciales en las plazas de mercado de las aldeas antioqueñas y caucanas o alimentando peones en las fincas de la región sin las asechanzas de un marido oportunista, abusivo y remolón.

Eusebia Joaquina, no sabía leer ni escribir porque desafortunadamente hasta muy entrado el siglo XIX, la única escuela pública era para niños, pero finalizando el mencionado siglo todas las fuerzas vivas de la comunidad impulsaron la construcción de la escuela de niñas San Vicente concertando con la Comunidad Vicentina con sede en Francia, la llegada de un grupo de religiosas quienes desde París, atravesaron el Atlántico, subieron en frágiles champanes por el río Magdalena y en Mariquita ascendieron en ariscas mulas los intimidantes farallones de la cordillera central hasta llegar a Santa Rosa donde fueron recibidas  con desbordado entusiasmo, después de su épica jornada. Simultáneamente se organizó un acto pleno de simbolismo y significado, iniciando el papel protagónico de la mujer en nuestra ciudad: Todas las damas sin distinción de clase hicieron su aporte en dinero o en especie con el fin de financiar el edificio proyectado en la primera demostración de género y conciencia de los derechos y el papel de la mujer en la sociedad. Las  “mandas y donativos” de las efusivas participantes dan una idea del inclusivo evento:” María Buitrago, colaboró con una tapia, su valor 1 peso con ochenta centavos, María Jesús Bedoya 2 pesos; Bárbara Buitrago, 10 pesos; Leonora Buitrago, dos tapias, valor tres pesos con sesenta centavos; María Botero, un peso;| Rosalba Buitrago, una gallina, valorada por los peritos en 50 centavos; María Carmen Hoyos, un pollo, valor 40 centavos” la lista es grande ratificando el valioso significado emocional del acto para la ciudad.  

Más tarde en 1934, se creó el Colegio Labouré dirigido también por la comunidad Vicentina o hermanas de la Caridad; la disciplina, el rigor académico y el compromiso de las educadoras convirtieron el establecimiento en uno de los más representativos y con más prestigio en la región, reconocimiento refrendado  posteriormente con la modalidad normalista que formó centenares de docentes comprometidas con los valores éticos, cívicos y ciudadanos, quienes además de instruir, lideraron desde los más altos cargos públicos valiosos procesos políticos como la profesora Inés León Valencia, dos veces alcaldesa de la ciudad y la educadora Alicia Peláez de Moreno quien desde las aulas y su paso durante muchos años por el Concejo Municipal enaltecieron y defendieron su solar nativo.

Amanera de colofón, culmino diciendo que algunos sectores académicos niegan la existencia de heroínas como Manuela Beltrán; no obstante, hace poco buscando la tumba de Geo Von Lengerke, un mítico y visionario empresario alemán estuve en el camposanto de Zapatoca construido en 1819. La visita al sacrosanto lugar me agitó el alma, por muchos motivos, uno de ellos las numerosas lápidas que cubrían las tumbas de las mujeres fusiladas en las luchas de independencia cuyos nombres hemos olvidado; allí, donde reposa parte de nuestra memoria histórica  me di cuenta que no hubo una Manuela Beltrán, hubo cientos de valientes mujeres quien como ella,  ofrendaron sus vidas en aras de la Patria aunque este concepto, por desgracia, no tiene hoy entre las nuevas generaciones, el valor sagrado y vinculante que antaño inspiró la gesta libertadora.              

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