Arepas, procesos y otras lecciones de la vida

Por: Fabián Osorio Jaramillo

Una de las cosas que más extraño cuando estoy de viaje es la comida colombiana. Aclaro que no soy de las personas que se cierran a disfrutar de nuevas experiencias gastronómicas y buscan comer siempre lo mismo, aún estando en un lugar que haga parte de la Guía Michelin. No. Al contrario, trato de disfrutar de las cosas nuevas en todo sentido, explorar la cultura de donde estoy y adentrarme en ella. Mejor dicho, trato de practicar lo que reza el dicho popular atribuido a San Agustín: “A donde fueres, haz lo que vieres“; sin embargo, debo reconocer que, después de ciertos días, la fuerza de mi naturaleza se hace presente y el deseo de que mis sentidos perciban algunos de nuestros platos emerge con determinación. 

Fue así cuando, hace un par de años, me encontraba viviendo temporalmente en Malta -ese país insular que brilla a 93 km al sur de Italia, y que tiene el tamaño de un poco más de dos islas Barú―, cuando, después de un par de semanas, mis ganas de comer arepa paisa se hacían cada vez más presentes. Sin muchas esperanzas, recorría supermercados de Valletta, su capital, para ver si, por error o como resultado de algún comerciante colombiano berraco y persuasivo, encontraba algo por lo menos similar que satisficiera ese deseo. Las visitas fueron infructuosas hasta que, un día de agosto, más por curiosidad que por cualquier otra cosa, ingresé a un supermercado asiático donde, para mi sorpresa, vendían Harina Pan. Fue un momento de gloria. Recuerdo que costaba €3,80; la compré sin multiplicar por cuatro ni por nada, cambié mi ruta de ese día y me fui para el apartamento rapidito. Puse manos a la obra y elaboré mis primeras arepas. Fueron un desastre: el sabor no, aclaro; a mí me sabían riquísimas, aunque creo que era más por la sazón que pone la nostalgia. Eran de tamaños diferentes, inconsistentes en su textura, algunas grumosas, algunas quemadas, y casi todas desbaratadas; se pegaban al sartén y les faltaba o les sobraba sal. 

Pero acá viene lo bonito de los procesos, de la práctica y de recorrer el camino. Las últimas arepas que hice, las de finales de septiembre, eran totalmente diferentes. Su tamaño era uniforme, su grosor casi exacto, su textura homogénea; quedaban doraditas al pasarlas por el sartén y la sal parecía haber sido aplicada por el propio Salt Bae, aquel chef turco que se hizo famoso por su teatral manera de aplicarla a sus platos. En conclusión, eran las mejores arepas que había hecho en mi vida y veinte veces mejores que las de agosto. ¿Qué había pasado? “La vida, muchacho, la vida”. Eso era lo que había pasado: la vida con reflexión. Aprendí a calcular la cantidad de agua que necesitaba de acuerdo con la cantidad de harina, y esta, de acuerdo con la cantidad de arepas que quería hacer. Aprendí a hacer las bolas de la mezcla para que quedaran de un mismo tamaño antes de aplanar. Me di cuenta de que, según el grado de humedad, las arepas se pegaban más o menos a la superficie del teflón. Empecé a usar tecnología: pasaba las arepas crudas por un horno a alta temperatura por unos pocos minutos para que las secara antes de llevarlas al sartén, donde ya no se pegaban y sí se doraban. Los resultados no solo 

fueron mejores en calidad, también en tiempos. Las arepas de agosto las hacía en una hora y las de finales de septiembre en treinta minutos. 

Así fue como pasé de comer arepas por pesar, para no perder la inversión de €3,80, a comerme unas arepas deliciosas de las que me sentía orgulloso de haberlas elaborado yo mismo. Así funcionan los caminos, la práctica y los procesos. Así funciona “la vida, muchacho, la vida”. 

Fabian Osorio M 

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