Descendiente de esta añeja morada,
no sigas tu camino sin antes ver las sombras que habitan
la casa de Gregorio e Isabel.
Aquí duermen los hitos que alzaron el destino
Y escribieron la historia vertical de una raza.
Entra, descendiente insigne: te presento al abuelo Gregorio,
se murió de hidalguía al pie de su palabra;
cuando cerró los ojos,
comprendimos que el viejo
tenía en sus cenizas los reflejos de un hacha.
Ochenta y dos años de lucha detuvieron su sangre,
a la orilla rebelde de su bíblica figura.
Quienes lo conocieron,
juran que ya en la tarde
el abuelo era un bronce debajo de una ruana.
Fue joven cuando Santa Rosa despertaba en las cumbres,
a golpes de zurriago, el himno de una casta.
En vez de cumplir años, él cumplía virtudes.
Y al morir era un monte de bienaventuranzas.
¡Trabajó simplemente! Su hoja de servicios,
tenía mas estrellas que una noche santarrosana.
Cuando de castigar se trataba, desechaba el zurriago y la cincha
y daba golpes de amor con su viejo sombrero.
Levantó hijos y sembró sin fatiga.
Fue prolijo con nietos y vecinos.
Las navidades no eran de él, sino de todos,
a todos con amor entregaba natilla, buñuelos y viandas;
compartía a manos llenas el cerdo recién sacrificado.
¡No sigas gran carajo! Entra en este recinto
y admira lo que hicieron los hombres de mi raza.
Aquí todo es añejo; tiene sabor a fríjoles, mazamorra y arepa
que recordamos con dolor de nostalgia.
Empecemos la historia por este crucifijo:
Perteneció a la abuela, una mujer tan santa,
quien con igual paciencia y con el mismo hilo,
remendaba las penas y su ropita blanca.
Fue mamá Isabel, mujer noble, con Dios en todo el cuerpo,
toda llena de arrugas y de fechas lejanas,
una mujer inédita, que zurcía recuerdos
y con ocho hijos era tímida y casta.
Frente a este crucifijo, la abuelita pedía
por todos los que fueron cilicio en sus entrañas.
Y la abuela rezando durante el obligado rosario,
Se quedaba dormida
sin soltar de sus dedos la camándula de lágrimas.
Si pudieran contarnos los íntimos secretos,
que se vieron en los corredores vetustos de esta casa,
Nos dirían que entonces, si lloraban los besos,
era porque el hermano mayor no regresaba,
o porque el fiel garoso CAPITÁN, había muerto de viejo.
El azadón que miras, llevó por muchos años,
el futuro de esta tierra, cargado a sus espaldas.
Por eso está encorvado y por eso se dice,
Que cortó el crepúsculo, cuando cortaba la maleza.
Ahí tienes la troja que almacenaba mazorcas;
sus granos no son de oro,
pero pesan lo mismo que pesa la montaña.
Si Santa Rita se muriera, de una mazorca en polvo,
renacería más grande y con mayor pujanza.
Aquí está la mulera; su trabazón es burda
porque la hizo el arriero, en nervios de una raza.
Ella puede arrugarse, pero romperse nunca,
y aunque la manche el barro, sigue digna y honrada.
Este carriel de Nutria, de bolsillos secretos,
guarda un retrato antiguo, una barbera, una mula, un tabaco,
una flor ya marchita y un rústico mechero,
para encender tabacos y calentar nostalgias.
Estas son las cotizas y este el escapulario,
con el que entró a los cielos la abuelita lejana;
este es el viejo poncho, todo ello con olor
a toronjil, paico, con ruda y mejorana.
Te presento el machete y también la peinilla.
Estos son los zamarros y estas las alpargatas.
Aquí tiene el frasco aún con veterina
Y allá en los corredores, colgadas las enjalmas.
El fogón antiguo, aún parece que espera,
que se encienda la lumbre con tizones del alma.
Mira el pilón callado, sin ropa la batea,
sin aguamasa el bongo, sin aceite la lámpara.
¡Espera, visitante! El tiplecito viejo
te va a contar como era antaño la nostalgia.
Deja que lo punteen los dedos de los guacharacos,
y entenderás que tiene corazón esta casa.
Aquí tienes el noble orgullo de este pueblo:
Es un blasón de acero al que llamamos hacha.
De derribar los robles y de morder los cedros,
se convirtió en pequeña bandera anquilosada.
Sigue, buen caminante. Ya te mostré este templo,
donde oficia el pretérito de un pueblo de montaña.
Cuando alejes tus pasos, piensa que los abuelos,
Se murieron de honrados sin mancillar sus canas.
Dile a quien te pregunte, que aquí donde el arboloco,
celosamente cuida las ruinas de una casa,
el corazón comprende que ya no es su latido,
como el del abuelo, que se murió de ruana.
Dile a quien no lo sepa, que aquí bajo este cielo,
en donde hasta la espina, da su dolor con gracia,
Santa Rita sigue siendo tierra de los abuelos,
Pero ya no tenemos la honradez de la raza.
Ya no cantan los tiples guacharacos,
ni florecen los trinos, ni ladra Capitán,
ni relinchan patemazo, la bruja y la gomoza,
ni se reparte claro frío al sudoroso caminante,
ni hay quien recoja los diezmos entre los vecinos.
Ya no es dulce el trapiche, ni es firme la palabra,
se fueron los abuelos, se nos borró el camino,
y del tiempo pasado, solamente queda esta casa.
Original: Jorge Robledo Ortiz
Adaptación: Jorge Alzate Villa
Declama: Claudia Constanza Alzate