Por: Dra. María Auxiladora Alfonzo C.
Hoy inicié mi día reflexionando, desde una mirada terapéutica y educativa, sobre los cambios que los avances tecnológicos han generado en nuestra vida cotidiana. Vivimos en una era en la que el acceso inmediato a la información, la posibilidad de comunicarnos por videollamadas con familiares y amigos que se encuentran en otros países, el entretenimiento constante a través de videos, reels y, más recientemente, el uso de la inteligencia artificial, representan herramientas valiosas que pueden facilitar nuestro desarrollo y bienestar cuando se utilizan de manera adecuada.
Sin embargo, desde la salud mental y emocional, es importante reconocer que el uso inadecuado, excesivo o compulsivo del teléfono celular puede traer consecuencias significativas en nuestras relaciones interpersonales y en nuestro equilibrio integral. Cada vez es más frecuente observar dificultades en la comunicación cara a cara, como la falta de contacto visual, la atención dispersa o la desconexión emocional durante una conversación. Estas conductas, aunque normalizadas, pueden debilitar los vínculos afectivos y generar una sensación de indiferencia y frialdad entre las personas.
En la cotidianidad, observamos escenas de familias que comparten un espacio físico, en un restaurante o un paseo, pero no un espacio emocional, ya que cada integrante se encuentra absorto en su dispositivo móvil. Se prioriza la captura del momento para redes sociales sobre la vivencia real del mismo, buscando validación externa a través de “me gusta”, comentarios o reconocimiento social. De igual forma, en reuniones sociales se mantiene la interacción virtual mediante mensajes o fotografías, mientras la comunicación directa y el intercambio afectivo se ven reducidos.
En este orden de ideas, este tipo de dinámicas puede generar una amplia red de contactos virtuales y una alta exposición en redes sociales, pero una vivencia interna de soledad, vacío o insatisfacción. No resulta extraño, entonces, que se observe un aumento en los niveles de ansiedad, depresión, estrés y sentimientos de soledad en niños, jóvenes y adultos. Estas manifestaciones no solo afectan la salud emocional y mental, sino también la salud física, ya que el uso excesivo de pantallas puede alterar el sueño, favorecer el sedentarismo y disminuir la calidad de vida.
Desde un enfoque terapéutico, se vuelve fundamental promover la toma de conciencia y la autorregulación en el uso de la tecnología. Hay que recordar que somos seres sociales por naturaleza y que necesitamos del contacto humano, la escucha empática, la presencia plena y el vínculo afectivo para mantener una salud integral. Al fomentar espacios de conexión real con la familia, los amigos y con nosotros mismos, fortalecemos nuestras relaciones interpersonales y protegemos nuestra salud física, emocional y mental.
Por último, es fundamental entender que buscar el equilibrio entre el mundo digital y la vida real no implica rechazar la tecnología, sino aprender a utilizarla de manera consciente. De esta forma, se favorece una vida más armónica, significativa, saludable y emocionalmente nutritiva.
María Auxiliadora Alfonzo C
Médico Cirujano
Magíster en Terapia Cognitiva Conductual
Coach Neurointegrativo en Salud y Bienestar
Asesora Clínico de Parejas
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