Experiencia de vida; testimonio terapéutico
Por: Martin Mariño
En el contexto del alcoholismo como adicción clasificada entre las más comunes, se desarrollan las vidas de dos seres “cortados con la misma tijera”, así calificados por quienes los conocieron y testigos fueron del prodigioso hecho acaecido en vidas ajenas; como creyentes, adictos o no, lo guardaron en sus vidas como testimonio evidente espiritual y enriquecedor.
Tiberio y Marcelino, amigos casi hermanos llevaban el alcohol en su sangre; desgraciado vicio heredado de sus papás desde sus doce años. Mal endémico del que se curaron aquel traumático 28 de diciembre, bendito fin de semana:
“Perdidos de la rasca”, de regreso a casa, entre las once y doce de la noche, recorrían el camino zigzagueando; entre hipos, carcajadas y sollozos entonaban, desentonados, los temas musicales populares del momento tratando, sin lograrlo, de imitar las voces de sus cantantes preferidos. Aquella noche hicieron lo que nunca habían hecho. A pesar de sus embolatadas, las cosas y lugares de Dios, para ellos era sagrado. Marcelino se atrevió; las inaplazables ganas de orinar ante la cantidad de cerveza ingerida lo obligaron, lo hizo sobre una de las paredes frontales que encerraba el cementerio, detrás de la cual yacía un frondoso árbol de naranjas que, por la época, estaba de cosecha. Tiberio se contagió e hizo lo mismo que su compadre. Mientras evacuaban líquidos, entre dormidos y despiertos, oyeron voces como letanías que salían del interior del campo santo. Sin querer, los abundantes chorros espumosos se detuvieron; sus cerebros empezaron a hormiguear, seguramente por el esfuerzo que hacían al querer escuchar aquellos rumores que eran claros: … “Ésta pa´vos, aquélla pa´mí; aquélla pa´mí, ésta pa´vos”… Marcelino, asustado, afirmó que eran los demonios que se estaban repartiendo las almas pecadoras. No había terminado de decirlo cuando, muy nítido, escucharon:… -¿Y las dos de afuera?- Los paisanos miraron a su alrededor y no había nadie más que ellos; quisieron correr, pero sin fuerzas, inconscientes, cayeron al suelo. Al día siguiente despertaron en sus camas, al lado de sus mujeres y de sus hijos, quienes desconocían hasta el momento lo acontecido. A media lengua y muy convencidos prometieron que jamás volverían a tomar un trago de licor en lo restante de sus vidas.
…Con el tiempo se supo que esa misma noche, en el mismo lugar y a la misma hora, dos amigos como Tiberio y Marcelino, pero amantes de lo ajeno, se repartían en proporciones iguales las docenas de naranjas sustraídas del viejo árbol que, como centinela mudo, custodiaba su cementerio; dos de sus intocables frutos fueron arrebatados sin poder evitarlo él y los ladrones; cayeron afuera del usurpado predio, justamente, frente a la pared donde el par de almas parranderas encontraron, en vida, su salvación.



