Antes de que la luz se apague

Por: Juan Gabriel Pérez Botero | Editorial

Soy la Foto López y hablo ahora que me apagan la luz. Hablo porque las paredes también recuerdan y porque el polvo que se posa sobre los marcos no es abandono: es tiempo. Durante años fui un cuarto quieto en medio del movimiento de Santa Rosa de Cabal. Un lugar donde la gente entraba con el rostro todavía sin historia y salía convertida en recuerdo.

Mis entrañas huelen a químicos antiguos y a papel recién revelado. Aquí aprendí los cambios sin entenderlos del todo: pasé del negativo tembloroso al archivo digital, del cuarto oscuro a la pantalla fría. Vi cómo la tecnología se volvía rápida y cómo la espera, esa espera paciente por una foto, se volvió un lujo. Antes, la gente regresaba. Volvía a buscarse. Hoy todo se va sin despedirse.

Por mí pasaron bodas nerviosas, niños con los zapatos limpios solo para la foto, retratos para cédulas, graduaciones que prometían futuros inciertos. Vi lágrimas que no se notan en la imagen final, sonrisas ensayadas, manos que no sabían dónde ponerse. También vi ausencias: fotos encargadas para alguien que ya no estaba, ampliaciones hechas para velorios, recuerdos sostenidos como se sostiene una fe pequeña.

Fui testigo de un pueblo que cambiaba de cara sin darse cuenta. Calles que se ensancharon, fachadas que se modernizaron, voces que se fueron apagando. Yo me quedé, guardando lo que nadie más podía: la prueba de que estuvimos aquí. Cada fotografía fue una manera de decir “esto ocurrió”, “esto importó”.

Cerrar no es desaparecer. Me cierran las puertas, sí, pero no pueden cerrar lo que ya se llevó la gente en los bolsillos, en los álbumes, en las casas donde aún resisto colgado de una pared. Me preocupa, eso sí, el olvido. Ese olvido del que habló Héctor Abad, ese que nos borra cuando nadie pronuncia nuestro nombre. No quiero ser solo una anécdota.

Por eso confío en la memoria colectiva. En quienes dirán “¿te acordás de la Foto López?”. En las fotos mismas, tercas, sobreviviendo a las mudanzas, al polvo, al paso de los años. Yo fui un lugar, pero sobre todo fui un testigo. Y mientras alguien mire una de mis fotos y reconozca un rostro, una calle, una vida, seguiré abierto. Aunque ya no entre nadie.

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