Por: Juan Gabriel Pérez Botero
Hay edificios que nacen como si fueran apenas ladrillos y techo, y hay otros que llegan al mundo con vocación de latido. Entre estos, nuestro teatro municipal José Jorge López, que no fue levantado para protegerse de la lluvia sino para convocarla: lluvia de voces, de pasos, de respiraciones contenidas antes de que se abra el telón. Desde ahora, su piel recién pintada empieza a absorber historias como la tierra absorbe la primera tormenta después del verano.
No es solo un escenario: es una promesa. Una promesa de que el silencio se romperá con aplausos, de que la oscuridad no será miedo sino antesala, de que las butacas guardarán la memoria tibia de quienes se sienten a mirar cómo otros viven por ellos durante unas horas. Un recinto así transforma a quien lo habita. La gente entra siendo la misma y sale un poco más despierta, un poco más herida, un poco más libre.
Que entren entonces los antiguos dioses de la invención y del delirio hermoso. Que Apolo afine las gargantas y temple las cuerdas invisibles del aire. Que Dionisio ría desde las sombras del proscenio y desate esa locura necesaria que hace que un cuerpo tiemble de emoción. Que Atenea se siente en la última fila, discreta, sembrando lucidez en cada palabra pronunciada. Que las Musas —esas hijas caprichosas de la memoria— se instalen en los camerinos y soplen versos, gestos, silencios.
Que este lugar sea tomado por la cultura como una enredadera luminosa que no pide permiso y lo cubre todo. Que las paredes aprendan a vibrar con la música, que el piso sepa el peso exacto del tacón, del salto, de la danza descalza. Que la risa infantil y el monólogo desesperado tengan el mismo derecho a existir bajo su techo. Que nadie salga intacto.
Y que quede claro, con la serenidad de quien no necesita gritar: este no es un altar para el temor ni un púlpito para la culpa. Ningún dios celoso, de ninguna doctrina, encontrará aquí su trono. Este recinto pertenece al asombro humano, a la imaginación que duda, que pregunta, que contradice. Si algún credo intenta ocuparlo, que sea solo el credo de la creación y la palabra libre.
Los pueblos crecen cuando levantan escuelas y hospitales, sí, pero también cuando se atreven a levantar escenarios. Porque donde hay teatro hay espejo, y donde hay espejo hay conciencia. Y la conciencia, cuando despierta, ya no acepta vivir a oscuras.
Que este nuevo corazón no deje de latir. Que se equivoque, que experimente, que incomode. Que resista las temporadas de sillas vacías y celebre las noches de lleno absoluto. Que dure. Que se impregne de voces hasta que sus muros huelan a humanidad.
Un edificio puede ser concreto. Pero a veces, si tiene suerte, se convierte en destino.


