El valor de las librerías en tiempos de prisa

Por: Pablo Andrés Villegas Giraldo

En una época dominada por la inmediatez, la librería propone una experiencia radicalmente distinta: la lentitud. No exige decidir en segundos, no empuja a “comprar ahora”, no reduce la lectura a un producto optimizado por datos. Entrar a una librería es aceptar que elegir un libro puede tomar tiempo, duda y silencio.

Los algoritmos recomiendan en función de lo que ya hemos consumido; la librería, en cambio, abre nuestro horizonte de posibilidades y nos permite abrirnos al descubrimiento. Allí el lector no es un perfil, sino una persona que puede sorprenderse, equivocarse, cambiar de opinión. Esa apertura es profundamente cultural: permite que existan libros incómodos, minoritarios, arriesgados, que no encajan en tendencias, pero sí en conciencias.

Resistir no siempre es gritar. A veces es permanecer. Una librería resiste simplemente manteniendo estantes que no obedecen a la lógica del “más vendido”, defendiendo la bibliodiversidad en un mundo que tiende a la homogeneización. En ese gesto silencioso hay una postura ética: creer que la cultura no debe medirse solo en clics o ventas.

Una librería es uno de los pocos espacios contemporáneos donde aún es posible estar sin un propósito utilitario inmediato. No hay que producir, ni consumir rápidamente, ni justificar la permanencia. Se puede entrar, mirar, conversar, volver otro día. Eso ya la convierte en un lugar socialmente valioso, donde también puedes tomarte un tinto o apreciar una obra de arte y hasta comprar una artesanía. Como ocurre en La Librería Manantial, en Santa Rosa de Cabal, ubicada en la carrera 15 N.º 11-29, local 1: un espacio donde la librería se entiende más como encuentro que como vitrina.

En la librería se cruzan generaciones, intereses y trayectorias. Un lector habitual puede coincidir con alguien que entra por primera vez; un niño puede hojear un libro al lado de un adulto que busca respuestas distintas. La librería crea una comunidad efímera pero real, un tejido de conversaciones posibles. 

Entre el libro y el lector aparece una figura decisiva, muchas veces olvidada: el librero. No como simple vendedor, sino como mediador cultural. El librero escucha, pregunta, intuye. No recomienda lo más popular, sino lo más pertinente. No ofrece “libros similares”, sino libros necesarios para un momento vital, una inquietud, una pregunta que aún no sabe formularse del todo.

Esa mediación humana marca la diferencia. Mientras las plataformas se basan en datos, el librero se basa en experiencia y conversación. Gracias a él, el libro deja de ser un objeto aislado y se convierte en parte de una historia compartida. Muchas vocaciones lectoras nacen así: de una recomendación acertada, de una charla breve, de alguien que supo leer al lector antes que al mercado.

Las librerías no compiten con la tecnología, ni necesitan hacerlo. Ofrecen otra cosa. Resisten la prisa, crean comunidad y devuelven humanidad a la lectura. En un mundo que acelera, automatiza y fragmenta, la librería nos recuerda algo esencial: leer sigue siendo un acto profundamente humano. Entrar a una librería puede parecer un gesto pequeño, pero hoy, más que nunca, es una forma silenciosa de cuidar la cultura.

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