Por: Valentina Orozco | Pedagoga y psicóloga Eficaz Mente
La autoestima, entendida como el resultado de la percepción de uno mismo y el ideal de lo que la persona le gustaría ser (Constantino & Mayaute, 2019) es un pilar fundamental en el desarrollo infantil. De ella dependen la seguridad personal, la capacidad para establecer relaciones sanas y el bienestar emocional a lo largo de la vida. Por ello, surge una pregunta clave: ¿cómo se construye una autoestima saludable?
Una de las respuestas más importantes está en la infancia, especialmente en la forma en que los adultos nos comunicamos con los niños. Las palabras que utilizamos no solo describen conductas, sino que contribuyen a la formación del diálogo interno con el que, en el futuro, los niños se hablarán a sí mismos. De este modo, también se va configurando la imagen —positiva o negativa— que desarrollan sobre quienes son.
El impacto de las etiquetas
En la vida cotidiana, es común que los adultos utilicen etiquetas para referirse a comportamientos específicos: “eres desordenado”, “eres grosera”, “no seas llorón”. Aunque muchas veces se dicen sin mala intención, estas expresiones pueden tener un impacto profundo y duradero. Desde la psicología, se ha señalado que las etiquetas tienden a ser interiorizadas por los niños, convirtiéndose en creencias sobre sí mismos que influyen en su comportamiento futuro. Es decir, el niño no solo escucha lo que se dice de él, sino que comienza a actuar en coherencia con esa definición. En psicología del desarrollo, cuando un niño es rotulado de manera constante, corre el riesgo de asumir esa etiqueta como parte de su identidad, limitando su percepción de sí mismo con la incapacidad de encontrar aspectos positivos de los cuales sentirse orgulloso (Gimenez, Correché, & Rivarola, 2013).
Por lo anterior, es fundamental evitar las etiquetas y centrarse en describir conductas específicas en lugar de definir al niño como persona.
¿Elogiar o alentar?
Otro aspecto clave en la construcción de la autoestima es la forma en que reforzamos positivamente a los niños. A menudo, se tiende a elogiar con frases como: “muy bien”, “qué inteligente eres”, “me encanta cómo lo hiciste”. Aunque estas expresiones parecen positivas, el elogio constante puede fomentar una búsqueda de aprobación externa. Cuando el niño actúa motivado principalmente por el reconocimiento de los demás, su sentido de valía depende del entorno y no de su propia percepción.
En este sentido, el aliento se centra en el proceso, el esfuerzo y la capacidad de superación. Frases como: “lo lograste”, “te esforzaste”, “intentaste hacerlo mejor” ayudan al niño a reconocer sus propios recursos internos. Por lo tanto, el aliento favorece que la validación provenga del propio niño, fortaleciendo su criterio personal. Así, comienza a preguntarse: “¿cómo me siento con lo que hice?”, “¿me gusta a mí?”, en lugar de depender exclusivamente de la aprobación externa, construyendo una autoestima saludable.
Fomentar una autoestima sana implica:
- Evitar etiquetas que definen al niño /a.
- Describir conductas en lugar de juzgar la identidad.
- Sustituir el elogio constante por el aliento enfocado en el esfuerzo.
- Promover el criterio propio.
En definitiva, la manera en que hablamos a los niños se convierte, con el tiempo, en la manera en que ellos se hablarán a sí mismos. Por eso, cada palabra cuenta: puede limitar o puede fortalecer. Construir una autoestima saludable desde la infancia no requiere perfección, sino conciencia en el lenguaje y en la forma en que acompañamos su desarrollo.


