Pequeño manual para desoír al otro

Michel de Montaigne en el ensayo sobre Los Caníbales (1580) escribía: “Todos llamamos barbarie a lo que no nos resulta familiar”. Con esta idea quería demostrar que somos muy rápidos para criticar aquello que desconocemos o a lo que no estamos habituados. Si no es mi música, es mala; si no es mi cine, es malo; si no es mi literatura, es malo; si no soy yo, es malo; si no son mis amigos, es malo…

Hay escenas pequeñas que dicen más de una época que muchos tratados. Esta semana, al salir de clase, un grupo de estudiantes discutía con entusiasmo la canción de Bad Bunny: Debí tirar Más Fotos (DtMF). No analizaban su estructura musical, ni su métrica poética; hablaban de cómo “se sentía” y de lo que les ayudaba a expresar. A pocos metros, un adulto sentenció con seguridad doctoral: “Eso no es música”. Esta expresión me llevó a reflexionar sobre el poder de las palabras, sobre el respeto de la diferencia y sobre lo lejos que estamos de comprendernos entre generaciones, si seguimos excluyendo al otro sin mediar intento.

Solemos reaccionar así ante lo que no reconocemos como propio: descalificamos antes de comprender. En todos los tiempos han existido herejías estéticas. Por ejemplo, la novela fue vista como corrupción moral durante siglos, el teatro fue considerado un peligro público y ciertos ritmos musicales traídos de África eran una amenaza social. También Platón advirtió con desconfianza sobre la escritura. El prejuicio cultural casi siempre se disfraza de criterio. Confundimos el “no me gusta” con el “no vale”, cerrando el horizonte de comprensión, reduciendo la posibilidad de comprendernos como seres humanos.

¿Qué pasaría si cambiáramos la perspectiva de la pregunta?, ¿y si no nos preguntamos por la pureza de la obra, ni por su musicalidad, sino por su capacidad para conectar, por su poder para unir? La cuestión, en este orden sería: ¿Qué fuerza debe tener una expresión artística para convertirse en lenguaje común de millones? No podemos subestimar un fenómeno cultural de gran escala. Las mayorías no garantizan verdad, pero sí significado: donde muchos se encuentran, algo profundamente humano está buscando forma.

El arte popular y en especial la música urbana, funciona como un termómetro social. Registra temperaturas emocionales, tensiones, deseos, inconformidades y búsquedas de identidad. La educación debe enseñar a leer estos signos, si quiere ser algo más que una simple transmisión de contenidos. Tomarse el tiempo para comprender la expresión del otro no significa aceptarlo y ya, aplaudirlo ciegamente, no es aprobar sin conocer; es conceder dignidad antes de juzgar.

Hablamos mucho de diversidad en abstracto, pero nos resulta esquiva al momento de practicarla en lo cotidiano. Celebramos la diferencia siempre que no incomode nuestro gusto. No obstante, para que haya un reconocimiento auténtico es indispensable ir más allá de nuestras preferencias personales, ampliar nuestra capacidad de comprensión y dignificar incluso lo distinto, sin excluirlo. Esto ya lo señalaba Byung-Chul Han en su libro La expulsión de lo distinto (2022) al afirmar que nuestra sociedad tiende a eliminar la diferencia en lugar de dialogar con ella, puesto que, no nos incomoda el otro que nos contradice, sino el distinto que no se deja integrar.

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