Por: El Profe Filosofante
El pasado 14 de marzo, los versos volvieron a encenderse en el vigésimo segundo Recital de Poesía Erótica. En un mundo cada vez más estridente y acelerado, reunirnos a escuchar y declamar la desnudez del alma y del cuerpo se sintió como un acto de profunda resistencia. No se trata solamente de un encuentro literario; sino, y, sobre todo, un refugio donde la palabra recuperó su valor, su sentido y, en especial, su capacidad de reunirnos en torno al amor y al deseo.
El filósofo Byung-Chul Han, en su obra La crisis de la narración, nos advierte de un grave peligro que enfrenta nuestra época: hemos cambiado las historias por la mera información. Vivimos saturados de datos, de mensajes efímeros que no dejan rastro y que, al carecer de la fuerza vinculante de un relato, nos aíslan. En la visión del filósofo la información fragmenta; mientras que la narración, en cambio, crea comunidad. Precisamente en ese vacío narrativo, en esa soledad hiperconectada, es donde el odio encuentra el terreno más fértil para propagarse. El odio es rápido, superficial y no requiere empatía.
Lo evidenciamos por ejemplo en las palabras de Benjamín Netanyahu sobre Jesucristo, de las cuales no nos asombramos, dado que desde siempre los judíos han esperado un Mesías guerrero, un liberador de naciones, un poderoso rey; pero lo que obtuvieron fue un escándalo en la Cruz con la inscripción ignominiosa: Jesucristo el Nazareno, Rey de los Judíos. La afirmación anacrónica del primer ministro israelí: “la historia demuestra que, Jesucristo no tiene ninguna ventaja sobre Genghis Khan”, denota ese profundo odio hacia la figura del Carpintero, del Hijo de David. A su vez, nos muestran cómo puede ser de peligroso un mundo sin narrativa, sin contexto histórico, y lo que es peor, sin verdad.
Frente a esa crisis, el Recital de Poesía Erótica se erigió como un antídoto. La poesía erótica no es solo la celebración de los cuerpos que se encuentran; es la máxima expresión de la alteridad, del reconocimiento del otro. Exige detenerse, contemplar y, sobre todo, narrar el deseo. Al versificar la pasión, estamos reconstruyendo el tejido narrativo que nos hace humanos. Estamos diciendo que el otro importa, que su existencia nos conmueve y nos transforma. En tiempos donde el insulto y la descalificación inundan nuestras interacciones, resistir con la poesía erótica es oponer la fuerza creadora del amor frente a la pulsión destructiva del odio.
De cara al 23 de abril, Día del Idioma, esta reflexión cobra aún más urgencia. El lenguaje es nuestra herramienta más poderosa, la herencia más sagrada que poseemos. Cervantes no escribió para dividir, sino para explorar la insondable complejidad del espíritu humano. Celebrar el idioma es recordar que las palabras tienen el poder de edificar realidades. Cuando usamos nuestro idioma para herir, lo traicionamos; cuando lo usamos para poetizar la vida, para explorar el misterio del amor y del erotismo, lo elevamos a su forma más noble.
El lenguaje no es un simple instrumento para transmitir datos; es el tejido que nos hace comunidad. La poesía es resistencia, es un acto de rebeldía con el que nos negamos a estar aislados. Este 23 de abril nos reta a dejar de ser individuos que solo cruzan información, para volvernos narradores de la vida. Hay que renunciar a la salida fácil del odio y recuperar el valor amoroso de las palabras. Porque en una época que nos empuja al aislamiento, la soledad y la guerra, únicamente los relatos que celebran la belleza, el amor y la humanidad del otro, nos mantendrán a salvo.


