Por: Cristian Idarraga
Ha iniciado un nuevo año, nuevos propósitos, objetivos, sueños e ilusiones, pero el mundo no se detiene, sigue avanzando, acelerado, cambiando; y ese cambio está incluso lleno de situaciones difíciles, conflictos y por eso la necesidad de preguntarse: ¿qué postura asumir frente a los conflictos que rodea al ser humano y al mismo mundo?
El conflicto es una manifestación natural de la convivencia humana. En el día a día, las diferencias de ideas, intereses, valores o necesidades pueden dar lugar a desacuerdos que, si no se atienden de manera oportuna y adecuada, afectan la comunicación y deterioran las relaciones entre las personas. Por esta razón, la resolución práctica de conflictos se convierte en una herramienta esencial para fortalecer la convivencia y promover una cultura de paz en la comunidad.
Abordar los conflictos desde una perspectiva pacífica contribuye a prevenir situaciones de violencia, discriminación o exclusión. Asimismo, fomenta valores fundamentales como la tolerancia, la empatía, la solidaridad y la responsabilidad social. Cuando se privilegia la comunicación y la mediación, se crean espacios de confianza que favorecen el entendimiento y fortalecen el tejido social.
La resolución práctica de conflictos también representa una oportunidad para el aprendizaje y el crecimiento personal y colectivo. A través del diálogo y la reflexión, los desacuerdos pueden transformarse en experiencias que permiten mejorar la convivencia, fortalecer relaciones y construir acuerdos duraderos basados en el respeto y la equidad.
Recomendaciones prácticas para la resolución de conflictos:
– Escuchar con atención, sin interrumpir, buscando comprender el punto de vista de la otra persona antes de responder.
– Expresar ideas y emociones con respeto, evitando descalificaciones, insultos o actitudes agresivas.
– Identificar el problema real, separando los hechos de las suposiciones o emociones intensas.
– Buscar soluciones conjuntas, priorizando acuerdos justos y viables para todas las partes involucradas.
– Mantener una actitud abierta y flexible, entendiendo que ceder también es parte del diálogo.
– Solicitar mediación cuando el conflicto no puede resolverse de manera directa o se ha intensificado.
Finalmente, es importante recordar que el cuidado de la salud mental es un elemento fundamental para una convivencia sana. Reconocer cuando una situación rebosa y acudir a profesionales idóneos, como psicólogas, psicólogos o especialistas en mediación y salud emocional, es un acto de responsabilidad y bienestar. Atender oportunamente las emociones y conflictos contribuye no solo al equilibrio personal, sino también a la construcción de comunidades más fuertes y solidarias.



