Sus ojos se cerraron

Por: Fernando Guzmán Naranjo

Parte 4: Recordando el pueblo de Antonio

Al día siguiente, acompañada de Francisco, su hermano mayor, y de Josefa, Isabel se dirigió a la notaría pública a formalizar los papeles de la defunción. La notaría queda en una zona decrépita de la ciudad, rodeada de mendigos y de niños que tratan de ganarse un peso, ofreciéndose a cuidar el carro, a limpiar los espejos, ó simplemente a dar instrucciones para el parqueo.  Cualquier cosa por una moneda. También están aquellos que juntando dos ó tres monedas, han comprado un poco de pegante, mejor conocido como solución, para aspirarlo y trabarse. Sus vidas siguen esa rutina día tras día, y poco a poco se van consumiendo.

Esta escena de la calle, afuera de la notaría, le recuerda a Isabel, por las imágenes y los olores, la única ocasión que visitó el pueblo de Antonio, y éste quiso mostrarle la zona de la galería o plaza de mercado.  Era un edificio antiguo, tal vez de finales del siglo XIX, que ocupaba toda una manzana cuadrada. En su mejor momento debió ser una obra orgullo del pueblo. De estilo republicano, con cuatro grandes arcos que marcaban las entradas principales en cada esquina, y otras cuatro entradas menores en el centro de cada cuadra.  Al entrar, se tenía acceso a las ventas de revuelto, frutas, legumbres, granos, y demás elementos del mercado semanal de los lugareños. En la parte exterior de la plaza había un gran número de cantinas, en las que se oían música guasca, música de despecho pero sobre todo tangos. Pasando por allí, Antonio aprendió muchos de los tangos que lo acompañaron el resto de su vida. El costado oriental de la galería estaba destinado a las carnicerías, y en cada una de ellas colgaban grandes cortes de res y de cerdo, además de chorizos, hígado, morcilla, chunchurria y otras menudencias.  En algunas de ellas, vendían también pollos y gallinas, pero estos estaban vivos, listos para ser sacrificados delante del cliente, y así garantizar su frescura. En el patio central, se arrojaban todos los desperdicios, que serían recogidos cada noche por los empleados de la limpieza. Allí también se desplumaban los pollos y gallinas recién sacrificados, hundiéndolos en agua hirviendo para que aflojaran las plumas. Luego los abrían para sacarles las tripas.

 El día que Antonio llevó a Isabel a conocer la galería, era domingo, día en que los campesinos de la región llevaban sus productos a la galería para ser mal pagados por los intermediarios.  Una vez recibían el pago, los más prudentes compraban el mercado que llevarían a casa al final del día, y luego se iban a la cantina; la gran mayoría se iban directo a la cantina y se bebían todo lo que habían recibido de sus ventas. Al final del domingo las cantinas olían a cerveza, orina y vómito. Esos olores del exterior se mezclaban con los del centro de la galería: frutas podridas, carne engusanada, tripas de pollo, leche vinagre y demás desechos y productos dañados. El recuerdo de ese amasijo de olores ha estado en la memoria de Isabel por muchos años, y  fue el que la sobrecogió el día después de la muerte de Antonio, al llegar a la notaría. Nunca después de aquel domingo volvió a visitar el pueblo de Antonio, pero no por eso había podido borrar ese recuerdo de su memoria. 

* Cuento en cinco partes

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