Jaime Fernández Botero

Por: Francisco González Medina

Especial para el periódico EL FARO     

Pensé en sus apellidos y creí que pertenecían a familias prestantes y reconocidas de Antioquia. Que el Botero suyo estaba emparentado con el de Jaime Botero o Fernando Botero. El primero, reconocido actor y director de teatro, famoso por el programa “Teatro Caracol”; el segundo por las famosas “gordas” de Botero. El profesor, como lo reconocen sus alumnos y amigos en las calles, me diría:

 Ninguno de los dos. Somos de otra rama, de otro tronco.

Sin estar muy convencido supuse, por aquello de la Pinta, la Niña y la Santamaría, que el apellido Botero pertenecía a un aventurero español, y no a la saga de italianos con el apellido Botero que habían llegado a esta tierra. Jaime Fernández, del cual había oído decir ser esquivo porque evitaba las cámaras y las entrevistas, estaba ahora reunido conmigo en la sala del Parque del Machete, tomándonos un tinto, de regreso en el tiempo, a la historia, a su vida. La que me interesó porque aquí, en Santa Rosa de Cabal, no solo hablan de él, sino que lo hacen con respeto y admiración. Pero antes de este encuentro ya había compartido con él un viaje al Cerro del Chuzo, invitado por Jesús Orozco, a quien conocí en el parque Los Fundadores. Integrante de la “guardia pretoriana” de Jaime Fernández, como así bautizó el jurista a su grupo de amigos. De ese encuentro en la montaña surgió la iniciativa de organizar un conversatorio. Tema que giraría en torno al mito y la leyenda. Pensé que escuchar al profesor de Derecho Constitucional hablando de ese imaginario sería una buena idea. Por eso asistiría a su conferencia, donde yo haría parte de ese panel con otros invitados. Conocer más del “Pensamiento mágico y los Centros de Poder”, me conectaría con el conocimiento que yo tenía de otros sitios y otras culturas. El conversatorio que, terminaría en un foro respetuoso y abierto, serviría para reconocer al cerro del Chuzo como una nueva propuesta de ciencia y misterio.   

La primera vez que visité el lugar, un señor me dijo: otro que viene a buscar tesoros.

Me comentó Jaime a punto de reírse. Y lo dijo porque se enteró de que estaban llegando exploradores de guacas con equipos y herramientas. Pensé en el cerro y en mi artrosis, era claro que no podría escalar sus paredes. Ahora estoy con él en esta entrevista. En una tarde con buen tiempo, sin lluvia. Jaime Fernández es un tipo sencillo, yo diría que cubierto de humildad extrema. También generoso. Sacó de su pantalón un billete y lo puso en manos de una mujer que andaba pidiendo ayuda. Me dio la impresión de que el origen de su apellido no era español, que bien podría ser sueco. Y lo digo por su piel blanca y sus lunares cafés rojizos. Pero descartó mi inquietud.

No, mi raíz no es de ese país.

Lo dijo con una sonrisa amable, sin prestarle mucha atención a su lugar de origen. Entonces quise saber por qué un abogado como él, era más conocido por ser un historiador y no un jurista.

Era importante tener una carrera. Además, la influencia de mi abuelo, José Fernández Mejía, marcaría mi destino. Y no lo digo por el Derecho sino por los libros y la investigación. Yo, como Borges, descubriría que mi cielo eran los libros, y el sótano de la casa de mi abuelo era ese cielo.  

 Le pregunté entonces por ese descubrimiento pensando en los anaqueles que sostenían los libros y que yo imaginaba deteriorados y sucios. Imaginé que podrían tener el sello Aguilar, una prestigiosa editorial del siglo XX. Donde Montesquieu, Robespierre y Rousseau, tendrían un sitio preferencial. Quizás también el mismo Estanislao Zuleta y Héctor Rojas Erazo.

El cielo del que le hablo era físicamente un sótano. Eran cuartos húmedos donde se encontraban cientos de libros de jurisprudencia, historia y literatura. Era como si estuviera dentro de una cripta o una catacumba. Allí concebí como el autor del Aleph, un cielo abierto con muchos libros. Leía por la claridad de una luz que no sabía de dónde venía. Recuerdo el primer libro con el que me topé en ese sótano: el juicio que se le hizo al General Gustavo Rojas Pinilla después de haber sido derrocado.

Imaginaba al niño precoz sumergido en la penumbra hojeando libros y recordando a su maestra Inés León Valencia. La mujer que contaba con la alegría de un cuento la epopeya de la colonización. Lo hacía con dibujos y gráficas, tan bien que, Jaime, un estudiante de escuela, sentía que hacía parte de ellas. La imaginación del chico,

siempre despierta, lo llevaría a caminos transitados por arrieros. Desde donde el espíritu de la montaña le hacía señas. Mucho tiempo después descubriría que el arco iris como las luces del cerro, al igual que las piedras grabadas que había conocido, harían parte del Pensamiento Mágico.   

¿Sabe? Esa maestra, Inés León Valencia, se convirtió en la primer mujer alcaldesa en dos oportunidades. La recordaré siempre, pues tiene que ver también con lo que soy. Siento que le debo mucho.

Hasta ese momento de la entrevista el jurista no había dejado entrever nada de su vida personal, ni siquiera sus logros. Era como si eludiera hablar de su vida. Sin embargo, se soltó haciendo a un lado su robusta modestia. Me habló de su oficio como abogado y funcionario público; de su gusto por el tango y el fútbol. De sus buenas relaciones con la gastronomía. Del amor por su madre, María Soledad Botero. De su padre, Tomás Fernández. De sus hermanos. Del romance y la mujer. Sí, estábamos allí en una mesa cuadrada para hablar no solo de lo Mágico sino para que me contara cosas de su derrotero. Cómo, con Ramiro Osorio y Hernando Garzón Arroyave, lograron evitar el naufragio del periódico El Faro. Cuando olas gigantes amenazaban con hundir a ese galeón de la cultura e ícono del periodismo santarrosano. Después de saber que “Lejos de ti era su tango favorito y que era hincha del Once Caldas, sentí que estaba frente a un hombre común, de carne y hueso. Perseguido por el mito y la leyenda de su pueblo y de otros pueblos del mundo que contaban historias similares. No obstante, debo ampliar el tema que a mí tanto me atrae. Hablemos, le dije, del Pensamiento Mágico y por qué el Cerro del Chuzo. El hombre suspira profundo y achiquita los ojos. Pestañea levemente.

Creo que el mito y la leyenda alrededor del cerro no viene solo de la imaginación. Que toda esa oralidad contada por abuelos y bisabuelos tiene su razón de ser, que no hay imaginación en lo que dicen sino una realidad que puede explicarlo todo, incluso científicamente. Hoy se puede saber que detrás de un cerro iluminado exista quizás un campo electromagnético. Hombres y mujeres de este lugar están hablando de esos fenómenos. Estoy por creer que las montañas como el cerebro del ser humano son capaces de iluminarse y producir efectos maravillosos. El Cerro del Chuzo, incluso, puede ser un centro de poder, quizás un portal a otra dimensión como dicen los ufólogos. Tanto me entusiasmé con lo que decía la gente del cerro que compré una casita para estar cerca de lo que contaban. Y gracias al trabajo en las redes sociales de mi amigo, Guillermo Gartner y a mi “guardia pretoriana”, hoy al Cerro del Chuzo están llegando personas de otras zonas del país interesadas en conocerlo y saber más de él.  

Ahora quiero alejarme de esta historia apasionante y regresar al sótano de la casa de Don José Fernández Mejía, donde naciera su nieto Jaime y saber qué paso con los libros.

Desafortunadamente la casa de mis abuelos paternos se quemó toda. Me tocó verla arder sin poder hacer nada, impotente. Las llamas acabaron con ese tesoro.

Años más tarde, Jaime Fernández ya como funcionario de la alcaldía encontraría otro tesoro: el archivo de Santa Rosa de Cabal y de la provincia del Quindío. Abandonado en el parqueadero y en precarias condiciones. Un hallazgo invaluable que la historia ponía en sus manos. De inmediato el jurista, sin pensarlo dos veces, le diría al alcalde de entonces que aquellos documentos eran una fortuna. Se acordó del maestro Enrique Valencia y se hizo asimismo una promesa solemne: darle un lugar digno al patrimonio cultural hallado. “La historia es una revelación”, me dijo. Y desde ese momento sacaría tiempo para enseñar la historia a niños y jóvenes de las escuelas y colegios, aun a los adultos.

Con la serenidad y la calma del hombre sabio, me cuenta que fue concejal y alcalde encargado; contralor, secretario general y personero. También Jefe de la oficina jurídica, funcionario de Bienestar Familiar y profesor de la universidad, UNISARC. Me confiesa, clavando sus ojos en el pocillo de café, que es amante de la literatura costumbrista, de la narrativa de Tomás Carrasquilla. Quizás porque allí hay también historias que alimentaron su sueño. Recuerda cómo recorrió todas las veredas con su grabadora, “recogiendo partes aquí y partes allá”, interrogando a la gente que había visto cosas, que sabía cosas. La memoria le recuerda que hay hechos en su vida que aún no me ha contado. Por ejemplo, la beca de seis millones que por esos días le otorgara el Ministerio de Cultura para desarrollar su proyecto: La provincia del Quindío en la historia.    

Jaime Fernández Botero fue llamado hace poco de la ciudad de Cartago. ¿La razón? Revisar con los herederos de Félix de la Abadía, unos documentos para conocer la importancia y trascendencia de los mismos y que “refrendan el perfil histórico de este hombre”. Un comerciante osado que en 1855 obtuvo el privilegio de construir un camino que uniera a Antioquia con el Cauca. En el momento en que ambos estaban separados por una naturaleza salvaje y hostil. El Camino del Privilegio era el mismo camino que, según Fernández Botero, estaba unido a la provincia del Quindío, capital Cartago. El historiador piensa que este encuentro de nuevo con la historia se debe a la labor “cosmopolita” de su amigo Guillermo Gartner y a su “guardia pretoriana”, sobre todo a Jesús Orozco Valencia y a Tatiana López Escobar. Los mismos que postularon su nombre para que la biblioteca de Comfamiliar, sede Santa Rosa de Cabal, hoy se llame Jaime Fernández Botero.

El hombre que tengo al frente recuerda cómo una vez jugó con la suerte y el destino. Tras la frase “Una luna y seis peniques”, de la novela de William Maugham, quien cuenta la historia de un banquero que renuncia a la burocracia y a la familia por irse a pintar al mar de la polinesia francesa, Jaime decide abandonar su confort poniendo en riesgo su pensión, su estabilidad económica y el apoyo de la familia. “Creo que había en mí una rebeldía interior que no encajaba en lo que yo quería.  Pero por encima de toda creencia he sido racionalista”. Me dice sonriente, como si otra luna brillara en él, tomándonos otro tinto.     

ADENDA: Congreso de la República, Cámara de Representantes. Orden de la democracia Simón Bolívar en el grado “Cruz Caballero”. Vida y obra del doctor Jaime Fernández Botero.

Cámara de Representantes, Consejo de la Orden de la Democracia, Simón Bolívar. Resolución No. 124 de 2013. Exaltar a las personas naturales y/o jurídicas por sus obras en pro de la cultura.        

  

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