Jesús Albeiro Zuluaga López
Cuando quería evitar el dolor, llegué a pensar en métodos de daño físico (importante pero no letal) que pudiera generarme cierta resistencia para la inmunidad. Una aporía: pensaba en acudir al dolor para evitarlo. Al mismo tiempo era defensor de la sensibilidad. Otra aporía. Yo mismo era muy sensible. Y ¡Ay! Yo mismo procuraba dejar de sentir. Ahora entiendo que procurar que el dolor se vaya es atentar contra el sentimiento.
La reflexión es anecdótica. Hoy ví una arañita muy pequeña sobre mi piel, fue entonces que entendí la profundidad de la sensibilidad. Podía verle, pero por su pequeño tamaño sobre la aspereza de mi piel (y de mi sensibilidad) no podía sentirle. No pude ni siquiera intentándolo con la imaginación. La interacción con el otro, sin sensibilidad, efectivamente no es la misma. Tenía un contacto físico con la araña – ¿cuál más físico que cuerpo con cuerpo? – pero no podía sentir de ella ninguna de sus ocho pulsaciones, ni tampoco nada cuando mis ojos me sugirieron que el artrópodo interactuaba conmigo con sus inofensivos quelíceros.
¿Qué hubiese sido, entonces, de ese corto encuentro sin la vista? No hubiese sido nada. Tal es la vida sin el dolor al que obliga la sensibilidad. Viceversa si se quiere. El dolor es la constancia del contacto, es un producto del mismo tipo que el placer. Vidas sin dolor son vidas cohabitando sin interacción. Pretender abandonar el dolor, es, al final, ir en búsqueda de la insoportable pasividad del espíritu, que acarrea los peores males que puede padecer un hombre: los flagelos de la indiferencia.



