Pero esta vez (perspectivas)

El pasado 31 de diciembre Joce —con ‘C’ y sin tilde, porque es de Jocelyn— pasaba su primer último día del año fuera de su país, alejada de su familia y literalmente sola. Las 2 personas con las que vivía se habían ido a celebrar cada uno por su lado. Ninguno le preguntó a ella por sus planes y ella tampoco le preguntó a ninguno por los de ellos. 

Con el paso de las horas llegaban las dudas y con la llegada de las dudas aumentaba la nostalgia. Se recriminaba por momentos y se trataba de dar ánimo por otros. Se cuestionaba si había sido buena idea haber salido de su país 8 meses antes, donde vivía cómodamente, para aventurarse a algo que podía salir muy bien o tal vez muy mal y, que por lo que sentía en ese momento, temía que más bien fuera lo segundo. 

La sensación de soledad —de una mala soledad— se apoderaba cada vez más de ella. Se sentía frustrada, equivocada y con la autoestima a la altura de sus talones. 

¿Qué tipo de malas decisiones pudo haber tomado y que tipo de mala suerte tuvo que haberla acompañado para que a sus 30 y tantos años estuviera sola, a más de 7.000 kilómetros de casa, en un país frío que no habla su idioma y sin con quien poder brindar por el año viejo ni comer uvas por el año nuevo? Renegó de su vida y se sintió la persona más desafortunada del mundo. 

Para tratar de subir el ánimo e impulsada por la emotividad de la fecha decidió llamar a 2 amigas que vivían en su país natal y así saber cómo estaban, desearles un feliz año nuevo y, por qué no, desahogarse con ellas de sus desgracias. 

Contestó la primera. Se encontraba en el hospital. Su hija de 5 años había sido diagnosticada esa semana de una enfermedad grave y se encontraba iniciando tratamiento. Se quedó fría como el aire que pasaba a esas horas fuera de su casa, le dio palabras de fortaleza a su amiga y le prometió una ayuda económica que le permitiera solventar un poco la carga de esos días. 

Colgó, respiró sintiéndose mal y llamó a la segunda. 

Cuando contestó la sintió llorando. Su amiga le contó que su esposo había sufrido un accidente de tránsito un par de días antes y que había perdido las 2 piernas, ella se encontraba desempleada y le describió todo el drama por el que estaba pasando en ese momento. Hablaron unos minutos más —lo de rutina en esos casos— trató de sembrarle fuerzas y esperanza a su amiga y le prometió también su apoyo. 

Joce colgó, se quedó mirando la pantalla del celular 4 segundos más, alzó su cabeza y miró por su ventana. Se dio cuenta de nuevo que estaba sola, a más de 7.000 kilómetros de casa, en un país frío que no hablaba su idioma, que no tenía con quién brindar por el año viejo ni comer uvas por el año nuevo. Nada había cambiado pero, esta vez, respiró hondo, cerró los ojos y agradeció por su vida.

La lección estaba aprendida.

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