Por: El Profe Filosofante
La mayor obsesión de nuestra época es la estandarización, y esto se ve de una forma más evidente en el aula. Los docentes, nos pasamos la vida llenando columnas de indicadores, tabulando competencias y midiendo la “calidad educativa” a través de pruebas uniformes que pretenden igualar lo inigualable. El sistema nos exige “pensar” la educación desde la fría razón instrumental de los datos, como si todos los estudiantes y maestros habitáramos un mismo entorno aséptico. Sin embargo, mientras desde sus limpios escritorios los administradores de la educación dictan los estándares del éxito escolar, la realidad de nuestros territorios se desangra.
Este lunes 20 de abril, el absurdo de este contraste nos golpeó de la manera más cruel. Paola Infante Jaimes, directora del Centro Educativo Rural Atanasio Girardot en Saravena, Arauca, perdió la vida tras quedar herida en el fuego cruzado de un conflicto armado que se niega a abandonar los patios de nuestras escuelas. La escuela debería ser un territorio de paz. Sin embargo, diecisiete años de magisterio y vocación rural fueron silenciados por la violencia. Ante esto, cabe preguntarse: ¿Qué sentido tiene jugársela toda por un sistema asfixiado por la estandarización, cuando la vida de un docente vale tan poco para la economía de la educación? ¿Cómo explicarles a mis estudiantes de la Licenciatura (próximos docentes) que el acto de habitar en la escuela es ya un milagro de supervivencia?
La muerte de Paola Infante Jaimes no es solo una tragedia individual; es el síntoma de una razón moderna que ha fracasado. Nos hemos vuelto expertos en llenar formatos y evaluar el desempeño, pero hemos perdido por completo la humanidad que le da sentido a la enseñanza. Estamos ante la mayor crisis de la historia, la crisis de humanidad, y ser docente en esta época es ya un acto no solo revolucionario sino heroico. Porque implica asumir la tarea de enseñar a apasionarse por lo que ha perdido toda vigencia (como afirma bellamente Nicolás Gómez Dávila).
Como bien lo advertía Simone Weil, padecemos la terrible enfermedad del desarraigo y la falta de empatía. Hemos construido un modelo de educación que prioriza el rendimiento, el cálculo y la producción académica, pero que nos ha cortado de raíz los vínculos más esenciales con la vida comunitaria. Hemos estandarizado el intelecto, pero somos incapaces de garantizar el derecho más fundamental, el derecho a la vida, el derecho a vivir en paz.
Mientras sigamos pensando en la educación como una mera hoja de cálculo, cuya única función sea preparar a los estudiantes para las pruebas estandarizadas, seguiremos ciegos ante los maestros que a diario se juegan la vida en las aulas, maestros que sostienen el cielo con sus manos desnudas. Ya es hora de que la educación deje de ser medida por su capacidad para encajar en un estándar y exijamos que sea defendida como lo que realmente es: el último y más sagrado bastión de la vida. La crisis de humanidad responde a la crisis de educación y todos somos cómplices: la sociedad, la escuela, la familia y el Estado (y el Estado es el que más culpa trae).


