Por: Fabián Osorio Mosquera
‘El individuo es inteligente pero los colectivos son estúpidos’, suena brusco, claro, sobre todo así en frío, por eso voy a recurrir a mentes brillantes de la historia para darle el peso que necesita una aseveración de este calibre, para argumentarla y sobretodo para llegar al punto que quiero llegar en esta ocasión.
“Imaginen a un hombre que se dedica a criar a un animal enorme, fuerte y salvaje. Este hombre no estudia qué es lo bueno, lo justo o lo bello en sí mismo. Lo único que hace es observar qué ruidos hacen enojar al animal, qué alimentos lo calman, cuándo se vuelve peligroso y cuándo está de buen humor.”
Este es un fragmento de Platón en su obra La República. Es un diálogo en el que el filósofo trata de explicarle a un discípulo como los demagogos (el criador) manipulan a las masas (el gran animal) diciéndole lo que tiene que decir según la sensación que quieran despertar en ella. Lo logran debido a que en grupo el ser humano experimenta una pérdida de juicio donde desaparece la responsabilidad y el raciocinio individual y emerge la toma de decisiones basada solamente en el componente emocional.
Los políticos de extrema derecha e izquierda lo saben y lo usan, y por eso es que prefieren hablar de patria, seguridad, imperialismo yanqui y élites, que de cómo incrementar el PIB un 5%. Claro, es más fácil alterar las emociones de las masas vociferando esas sandeces como lo hace “un tigre o una víctima de la oligarquía”, que explicando un plan de desarrollo económico, como lo haría un académico.
Carl Jung lo dice con su propio estilo desde la psicología: “Cuando cien cabezas inteligentes se unen en un grupo, el resultado es un gran bobo”.
Y Nietzsche lo dejó escrito de una manera brillantemente ácida: “La demencia en el individuo es algo raro; pero en los grupos, en los partidos y en los pueblos, es la regla”.
A los extremos les conviene, necesitan y prefieren enfrentarse entre sí antes que contra un candidato de centro. Los extremos son enemigos en público pero socios estratégicos en privado. A eso se le llama legitimación mutua. Ellos saben que ninguno ganará las elecciones debatiendo su propuesta técnica; las ganará el que más asuste al público con lo que pasará si el otro bando está en el poder. Por eso es que el discurso de centro no puede prosperar, porque si prospera se quedan sin el discurso del miedo que es el que ellos mejor saben jugar.
Para estas elecciones los grandes medios y las bodegas que pertenecen a los poderosos tomaron la decisión hace rato por nosotros: La contienda no puede ser contra planes objetivos; tiene que ser entre emociones iguales pero desde orillas totalmente opuestas. Por eso es que a través de manipulación borraron del mapa electoral y de la cabeza de los electores las opciones que representaban la sensatez, la moderación y el tecnicismo; y dejaron solamente las del miedo.
¿Cómo lo hicieron? ¿Quiere decir esto que las cifras de las encuestas no han sido reales sino inventadas? Por supuesto que no. Las cifras que han presentado seguramente son
reales, sí… pero buscadas. Ellos saben dónde dirigir la encuesta para que se de el resultado que quieren que se de, ellos saben cómo y a quién preguntar para recibir la respuesta que quieren recibir. Ellos saben cómo presentar el titular. Ellos son ingenieros del encuadre.
El efecto de encuadre, descubierto por Kahneman y Tversky en 1981, demostró que muchos más pacientes aceptarán un tratamiento médico en el que hay una certeza de que 200 personas de 1.000 sobrevivirán, que uno en el que hay una certeza de que 800 personas de 1.000 morirán, a pesar de que las cifras al final son exactamente las mismas.
Así salen los datos. Así crean tendencias. Y así, usando la misma técnica de encuadre en debates y entrevistas, manipulan los líderes políticos nuestras emociones y decisiones. Por eso ahora vale la pena preguntarse si su voto representa sus ideas de verdad o si es un voto útil, resultado de la manipulación a la que fue sometido el gran animal.


