La educación del futuro y el futuro de la educación: el retorno a lo humano

Por: El profe  filosofante 

Cuando hablamos de “la educación del futuro” en Colombia, el imaginario colectivo casi siempre nos proyecta hacia un escenario, sin duda, distópico: aulas hiperconectadas, inteligencia artificial gestionando currículos y estudiantes inmersos en realidades virtuales. Nos están vendiendo la ilusión de que el avance tecnológico es, por sí mismo, un salto cualitativo en la formación humana. Sin embargo, la realidad de nuestras instituciones, independientemente de su ubicación en la geografía del país, donde muchas veces la conectividad es un lujo y los contextos sociales desbordan las aulas, surge una pregunta inevitable: ¿cuál es realmente el futuro de la educación?

La respuesta depende de nuestra capacidad para distinguir entre la herramienta y su propósito. Corremos el riesgo de caer en una auténtica “tiranía del formato”, que se caracteriza por cumplir directrices, indicadores estandarizados y estadísticas, mientras nos olvidamos de mirar a los ojos a quienes tenemos enfrente. En este afán modernizador, estamos ignorando que la educación, antes que un proceso de instrucción técnica, es un acto de encuentro y empatía.

Paradójicamente, para enfrentar el futuro debemos mirar hacia el pasado, específicamente a la vigencia del Sistema Preventivo de San Juan Bosco. En un país históricamente atravesado por la violencia, la desigualdad y la desesperanza, la pedagogía no puede ser punitiva, ni meramente académica; tiene que ser, entre otras cosas, preventiva. Don Bosco sostenía su modelo en tres pilares que hoy resultan revolucionarios y urgentes: la razón, la religión (entendida en nuestro contexto plural como una profunda ética y espiritualidad humana) y, sobre todo, la amorevolezza (comprendida como la amabilidad o el amor demostrado).

El futuro de la educación colombiana no depende de la digitalización, sino de nuestra capacidad de ser una presencia constante y afectuosa en la vida de los jóvenes. Prevenir no es encerrar en una burbuja, es acompañar con empatía para que el estudiante descubra su propio valor antes de que la crudeza de la calle o la alienación digital lo convenzan de lo contrario. La verdadera innovación educativa del mañana será la capacidad de construir aulas basadas en la solidaridad y el pensamiento crítico, no en la obediencia ciega a un sistema.

Resuenan con profunda urgencia las palabras del Papa León XIV en su reciente encíclica Magnifica Humanitas (25 de mayo de 2026). Frente al deslumbramiento ciego por la inteligencia artificial y la digitalización de la vida, el pontífice nos advierte que el verdadero reto de nuestra época no se reduce a un simple “sí” o “no” a la tecnología, sino a la elección fundamental «entre construir Babel o reconstruir Jerusalén: entre un poder que pretende dominar el cielo y un pueblo que se pone a trabajar unido para levantar de nuevo las murallas de la convivencia fraterna». Ese es, en definitiva, el desafío supremo de la educación en Colombia: o nos resignamos a instruir engranajes para una Babel digital que nos aísla y deshumaniza, o asumimos la valiente vocación de educar para reconstruir, desde las aulas y el afecto, la muralla inquebrantable de nuestra propia humanidad.

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