DE TAXISTA A ESCRITOR DE NOVELAS       

Por: Francisco González Medina – Especial para el Periódico EL FARO

El hombre estaba de espaldas al sol. Y el sol calentaba a sus espaldas. No sabía cómo llamaba el vecino que ocupaba el segundo piso. Encima de mi apartamento que, entre otras cosas no era mío. Él, igual que mi esposa y yo pagábamos arriendo.  Y si a él le gustaba el paisaje de montaña que tenía al frente de su ventanal, a mí el bosque interior de Zaguán de Montearroyo, me tenía cautivo. Llamó mi atención verlo siempre leyendo. Por un instante tuve la impresión que podría ser vietnamita o japonés. No sé por qué llegué a creer que se trataba de un oriental y no de un pereirano que había regresado de los “Yores” a su país. Lo que sí pude deducir era la adicción de mi vecino por la lectura. Ignoraba que a causa de los años y a su salud física, tenía que salir al balcón a tomar baños de sol. Cuando el astro en el gigante “cerro de poder” —como les llama el historiador Jaime Fernández a las montañas encantadas— se perfilaba imponente frente al moderno condominio. Yo, que también necesitaba de ese baño de sol, salía a caminar con mi esposa para recibir igualmente esa luz dorada que resplandecía en las mañanas. La vitamina que, milenariamente, nos proporcionaba el astro mayor. Al que muchas culturas le rindieron culto, como en la América Prehispánica y Asia.

Con los días descubriría el nombre de mi vecino: Jesús. Que no solo leía, sino que escribía. Y eso me lo diría Ramiro Osorio, director de este periódico. Y saber que le gustaba escribir, me llevaría a intentar un acercamiento con él. Y lo haría con una invitación a la presentación de mi novela “Los utilizados”, en el Centro Regional de Historia y Cultura del Café, del arquitecto Fernando Buitrago Montes. Y sería a través de unas vecinas. Para mi sorpresa una de ellas la esposa del vecino lector: Rosita Arango. Mujer alegre y simpática que no vaciló en invitar a su marido al lanzamiento de mi nueva novela. Y esa noche, a pesar de la intensa lluvia, el vecino al que le gustaba leer y escribir, se haría presente con su señora. Ahora podía seguir creyendo que tenía algo de oriental. Y no sé si por sus ojos o por el color de su piel. Oriental o no dejó entrever su cultura y su pasión por los libros. Ocho días después me invitó a su apartamento. Allí nos tomamos un tinto y hablamos de libros como dos estudiantes de colegio. Puso mi obra en la mesa de la sala y me dijo: terminé de leer su novela. Y me gustó. La había leído en cinco días. Me había demostrado que era un devorador de libros. Lo comentó y reímos con las aventuras de Samuel y Anansi. Le había gustado el erotismo de mi novela y el papel del viejo Zabulón. Creo que bastaron dos cafés para comentar 340 páginas. Después de desnudar a Los utilizados mi nuevo amigo empezó a contarme de su vida. Y yo a indagar por ella. Pero antes de darle continuidad a su confesión, abandonó la sala excusándose, diciéndome ya regreso. Y notardó. Apareció de nuevo sonriente y con un libro que puso en mis manos: Santo Mojica y la beata Echeverry. Pero antes de internarnos en sus páginas y hablar sobre su primera novela: El testamento del padre Eduardo, publicada por Amazon, me comenta que es de Pereira. Que nació en la tierra de Luis Carlos González, en el centro de la ciudad, a una o dos cuadras del parque Bolívar. Que conoce la letra y música de La ruana.  Y que se identifica con el espíritu de libertad que encarna el monumento y que tener a Bolívar en pelota no fue solo una visión del maestro Arenas Betancourt, sino que su obra pudo haber influido en la independencia económica de la ciudad y en el desarrollo de la misma. Fue como si nos hubiéramos quitado un traje muy pesado, me dice.  

Tener a mi vecino ya en la mesa me lleva a concluir que de lejos puede ser oriental, pero no de cerca. Es delgado y usa como muchacho camisa a cuadros. Quizá si le pongo un Non Lá en su cabeza puede parecerse a un vietnamita campesino. Entonces Rosita, su mujer, me enseña una foto de él el día que se casaron. El hombre en el marco se ve cachetón y de buena contextura. Le digo que se parece a un cantante y actor venezolano, a Néstor Zavarce. La voz que el último día del año nos pone a correr a todos con el tema, Cinco pa’ las doce. Entonces sueltan a reírse. Creo que lo han oído, pero no lo conocen. No importa. Ahora estamos encarretados. Ya no con mi libro Los Utilizados, sino con los libros de mi vecino. Ya tengo en mi poder al santo y la beata. El que ya quiero leer. Me llama la atención el título y su portada también. Veo pasión y erotismo en los rostros de la carátula del libro, sobre todo en las miradas de los protagonistas, porque imagino que son ellos. Pero antes de hablar sobre La bruja de Kendall, su otra novela, quiero conocer más sobre su vida. Dónde y en qué tiempo las escribió. Y, sobre todo, esa extraña trilogía religiosa y erótica. Y no sé si se trate de novela negra, blanca o azul. Pero estoy ante un hombre que en el silencio viene escribiendo. Tarde de la noche, o en las auroras, donde los escritores somos poseídos. Desconozco si puedo estar frente a un Poe, Kafka o un Óscar Wilde. Lo ignoro.  

Jesús Antonio Gutiérrez Jaramillo, viene de troncos paisas. Su madre, Carmen, y su padre, Jesús como él, son de estas tierras. No sé a cuál de ellos se parece más mi vecino. Me habla la mayor parte del tiempo de su madre. Sobre todo, porque junto a ella ambos aprendieron a leer. Una relación que los unió más y de la cual él mismo me confiesa templó su carácter y disciplina. Me cuenta que él nació en el barrio Berlín de Pereira. Y que su infancia fue feliz. Que tempranamente se dio cuenta de que su madre era una mujer no solo aguerrida sino adelantada. Que ella venía de Antioquia, de un pueblo llamado Jericó. Que era hija de un profesor de escuela y de una mujer ama de casa. Y que Manuela Morales, su madre, se había interpuesto para que ella no aprendiera a leer ni escribir. Esto para evitar que no le escribiera cartas a ningún pretendiente. Entonces la virginidad, sin importar clases sociales, tenía custodios y santos en cada casa. Y la mujercita tendría que llegar al matrimonio pura para poder llevar un vestido blanco. Y las que se “perdían” corrían el riesgo de quedar en embarazo. Y si el hombre no respondía a la muchacha la casaban con el primer tonto que le prometiera matrimonio. Y las más temerosas huyeron de la casa. Muchas de ellas se prostituyeron y terminaron de coperas en los bares. Pero no sería esa la suerte de la madre de Jesús. Carmen era muy trabajadora. Recuerda sus palabras como si se tratara de salmodias: A mi muchacho no lo van a ver descalzo ni remendado porque para eso me tiene a mí.

Y con esa consigna se levantaba todos los días, bien temprano a moler maíz. Recuerda Jesús que en esa labor él la acompañaba. Que su madre hacía arepas y empanadas para llevar a los restaurantes con los que tenía contrata. Que ella en su cuarto se encerraba a preparar la clase de su hijo. Aprendió Carmen primero a formar palabras con las letras las cuales se las iba enseñando a Jesús. De esta forma madre e hijo aprenderían a leer juntos. Pero no sería el español la materia que más atraería a Jesús sino las matemáticas. Pese a que su padre era un buen lector pues leía el periódico El Tiempo. ¿Pero por qué un estudiante siendo bueno para las matemáticas, terminaría escribiendo novelas, y visitando librerías y bibliotecas públicas?

Ahora me cuenta que fue voceador de periódicos. Y que, a pesar de la objeción de su madre, él la convencería para que le permitiera vocear a los once años los periódicos de la tarde: El Diario y El Imparcial. Sin embargo, ella no se rendía e insistía en recalcarle que prefería verlo jugar y que le llevara la ropa sucia, pero verlo disfrutar de su niñez. Y esa enseñanza él la recordaría por siempre. Y por eso nunca se equivoca al decir que su madre era adelantada y sabia. Y lo dice como si la tuviera al frente, como si le rindiera honores a su memoria. Y recuerda que a la edad de ser pregonero de periódicos empezó a hacer sus primeros ahorros. Pero estos no fueron suficientes para evitar la situación de la casa que entraría en crisis. Que los estudios universitarios quedarían aplazados. Y que él se convertiría en un nuevo empleado de la Lavandería Siglo XX. Un siglo del cual tenía muy poco conocimiento. Nada sabía entonces de la obra de Alejo Carpentier: El siglo de las luces. Que el nuevo siglo le abriría las puertas a otros escritores y a nuevos movimientos literarios. Que, dejada atrás dos Guerras Mundiales y una Guerra Fría, intelectuales y pintores, dejarían sus testimonios en pinturas y libros:   holocaustos y bombardeos para olvidar. Que en Colombia el nuevo siglo le daría paso al Nadaísmo, a La cueva de Barranquilla y a otros importantes centros literarios y artísticos. Que, del siglo costumbrista, quedarían los cuentos de Tomás Carrasquilla, las novelas de Eugenio Díaz Castro, Eustaquio Palacios y otros escritores de la literatura colombiana. Sí, el joven Jesús había dejado la infancia y ahora estaba resuelto a definir su futuro.  

Entusiasmado por querer resolver su vida y con ganas de tragarse el mundo, decide estudiar en la noche contabilidad y dos clases adicionales de redacción y ortografía. Ya de 16 años una amiga le prestó la obra cumbre de Alejandro Dumas, Los tres mosqueteros. Y sería esta novela la responsable de que este muchacho del barrio Berlín, se entregara a la lectura desbocada. Pero la vida lo empujaría a otros horizontes. Después de abandonar el ejército donde hizo el curso de radiotelegrafista y tener ya su situación militar resuelta, se vincula como Secretario de Inspecciones. Ya le gustaba el Derecho. Entonces se le da la oportunidad de trabajar en un Juzgado Municipal. Allí, como buen lector se leería el Código Civil y aprendería a manejar en las “bolas” —camionetas cerradas —que transportaban a los presos. Y su madre que, había sido una mujer de rosario y misa de domingos, le daría la bendición el día que decidió irse para los Estados Unidos. Pero antes de viajar conocería a Idalí, de la cual se enamoró y la que le daría tres hijos varones: Marlon, Luis Fernando y Jesús Armando, el menor. En busca del milagro americano, viajó Jesús con el sueño y la ilusión de los que llegaban a la nueva tierra prometida. Ya no en Mesopotamia sino en el suelo donde los indios pieles rojas habían sido sometidos por los flemáticos ingleses. A la tierra de Walt Vhitman, Faulkner y Mark Twain. Y su trabajo en los “Yores” sería de taxista. Pero no se asombraría con la nieve y sí con la primavera. Pero lo que más le impactó fue pasar en New York por los mismos puentes que había visto en cine. Y conocería el jazz, la ópera en los grandes teatros, las calles malevas del Bronx y el Madison Square Garden. Pero también estudiaría inglés y asaltaría las bibliotecas en busca de libros prestados para seguir leyendo. Le pregunto si ha escrito cartas de amor, si es romántico. Entonces ríe. Recuerda cuando escribía cartas para otro. Quiere decir que hubo un tiempo donde escribía para mujeres. Cartas pagadas por amigos y conocidos para sus novias y amantes. Entonces cobraba por ellas. Uno de sus clientes, me dice, parecía marinero, porque en cada finca cafetera dejaba un amor. Entonces ahora los dos reímos.  

Pero la vida le arrebataría a Idalí. Moriría su mujer en Pereira, después de haber soportado una enfermedad agresiva. Y la acompañaría a su última morada junto a sus hijos. Un año después conocería a Rosita Arango. Y con esta santarrosana abriría un nuevo capítulo en su vida. A la que había conocido en un almacén donde laboraba como bordadora. Me encanté de su simpatía y de la alegría de sus ojos, me cuenta. Duraron nuevemeses de novios y se casaron. Pero Carmen, su madre, por estar enferma no pudo entregarlo en la iglesia. Pero sí lo haría su exsuegra porque ella también le había dado a la novia su bendición. Y voló con Rosita de nuevo a los Estados Unidos donde volvería a reunirse con sus hijos y a seguir escribiendo. Para terminar, antes de tomarnos otro café, le pregunto por La bruja de Kendall. Me cuenta que ya está lista. Está mirando una nueva editorial. Entonces le hablo de Klepsidra. Y se queda pensando. Ahora quiere saber qué pasó con El testamento del padre Eduardo. Su primer libro ya publicado y del cual nadie, incluida la editorial, da razón. Y yo también quiero saber del testamento. Por ahora sé que, Clarivert, personaje principal de La bruja de Kendall, proviene de una familia de clase media alta graduada en Sicología. Pero que le inquietan y apasionan las ciencias ocultas. De momento es la única pista que tengo. Hasta que veamos el libro y lo podamos leer. O tal vez en Netflix.                                                     

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