Por: César Augusto Bautista Escobar
Casi un mes de celebraciones de alto significado para los católicos -con manifestaciones diferentes entre países- y de menor trascendencia para otras creencias cristianas (Protestantes, Ortodoxos) o no se celebran en otras religiones o creencias (Judíos, Musulmanes, Testigos de Jehová). En estos festejos se intercala el 31 de diciembre (fin de año) que, aunque no tiene carácter religioso y se celebra a nivel planetario a partir de un hecho astronómico con alcance jurídico, estas celebraciones tienen fundamentos religiosos, políticos y astronómicos.

Inmaculada Concepción. El dogma católico de María, que por ser madre de Cristo está libre del pecado original desde su concepción – inmaculada concepción – fue asunto debatido, pero no resuelto desde la Edad Media; solo en 1854 por bula papal de Pío IX se reconoce tal condición a María. El siete de diciembre en la noche, víspera de esta celebración, los católicos de Colombia, tradición casi exclusiva de este país, encienden velas en honor a María y, a la vez, iniciar la temporada de navidad. En forma inadecuada se le llama “la noche de las velitas” desconociéndose, por gran parte de los católicos, la razón de tal celebración.
Nacimiento de Jesús. Pasada la Edad Media, la iglesia católica fija el 25 de diciembre como fecha del nacimiento de Jesús, hecho que, para algunos analistas, tuvo doble propósito: unificar la prédica que de manera dispersa se realizaba en los templos católicos y alejar a éstos de las fiestas paganas; término con el que la iglesia rotuló a quienes se separaban de la pretendida universalidad del catolicismo. En el fin del año, el imperio romano celebraba varias fiestas: los saturnales, en honor al dios Saturno, regente de la agricultura y la cosecha, festejando así la llegada del solsticio de invierno; las juvelianas celebrada el 25 de diciembre en honor a la infancia; y la fiesta del Sol Invictus, el triunfo de la luz sobre la oscuridad. Así, el nacimiento de Cristo, “luz del mundo”, se sobrepone a la fecha del nacimiento de un nuevo año en el calendario vigente entre los Siglos I al XVI, implantado por Julio César, emperador romano, y creado por Sosígenes, astrónomo de Alejandría. Desde principios del Siglo XVII rige el actual calendario gregoriano, implantado por el papa Gregorio XIII, bajo la dirección de los astrónomos Cristóbal Clavio y Luis Lilio, quienes corrigen desfases del anterior calendario en relación con las estaciones y las celebraciones pascuales.
Novena de navidad. Tres de los elementos que tipifican la navidad – pesebre, villancicos y novena – tienen origen distante entre sí en el tiempo y en el espacio y se expresan de muy diversa forma e intensidad entre los países con población católica. El origen del pesebre se le atribuye a Francisco de Asís quien, autorizado por el Papa Honorio III, representó en 1223 (Siglo XIII) en el campo de Greccio, Italia, lo acontecido en el “establo” (pesebre) de Belén (Evangelios de Lucas y Mateo) escenificado en vivo por los habitantes de este pueblo. Los villancicos, con origen en el Siglo V en la Europa medieval, se generan a partir de canciones campesinas anónimas de carácter litúrgico y religioso; en España se transforman y adaptan como canciones festivas y alegres, sin el sentido litúrgico y religioso inicial. La novena de navidad, se le atribuye al fraile ecuatoriano Fernando de Jesús Larrea, escrita y publicada entre 1770 y 1778. Hacia fines del Siglo XIX, la monja colombiana María Ignacia, de la Orden de La Enseñanza en Bogotá, hija de José María Samper, destacado político liberal y de Soledad Acosta, escritora y periodista de renombre, adapta y flexibiliza el texto del fraile Larrea, agregándole, entre otros aspectos, el famoso estribillo “Ven, ven, ven, ven a nuestras almas”.

Día de inocentes. El nacimiento del rey de los judíos, anunciado en el Antiguo Testamento (Jeremías 31:15), en opinión del rey Herodes I El Grande colocaba en juego su poder; para contrarrestar esta amenaza, habría ordenado matar a todos los niños menores de 2 años nacidos en Belén. Fuera de la referencia en el Evangelio de Mateo 2:16-18, no se ha encontrado evidencia histórica acerca de tal masacre; ni Flavio Josefo, historiador judío de la época de Herodes, ni Tácito o Suetonio, historiadores romanos del Siglo I, mencionan tal acontecimiento. El relato de Mateo, quizá con fines teológicos o para cobrarle al rey su persecución a los cristianos o para acrecentar la fe cristiana, al no haberse podido evidenciar, ha conducido a que el 28 de diciembre, haya pasado a adquirir elementos culturales y festivos primando el humor popular. En el mundo de hoy, reinterpretar esta fecha es demandar derechos humanos para miles de niñas y niños asesinados, maltratados, cercenados, violados, y desplazados por guerras, confrontaciones armadas y exclusión social ¡Verdadera tragedia humana, no inocentada ni ficción!

Adoración de los Reyes Magos. El 6 de enero se rememora la adoración al Mesías en su pesebre de Belén por parte de tres reyes magos de oriente. En los evangelios canónicos, solo Mateo habla de ellos, sin precisar nombres, cantidad ni condición social; pasarán doce siglos para definir su actual caracterización. En el Siglo III d. C. se les atribuye la condición de reyes por el tipo de regalos que entregan (oro, como riqueza, incienso como adoración y mirra como sabiduría) y el vestuario con que se les representa en las iconografías y se unifica su número en tres, uno por cada regalo; en el siglo VI d. C se reconocen sus nombres, Melchor, Gaspar y Baltasar, aparecidos por primera vez en un mosaico en Rávena (Italia), representados con distintas edades; sólo a finales del siglo XV d. C., Baltasar aparece con tez negra pasando así, los tres reyes, a representar las edades adultas y las tres denominaciones raciales conocidas hasta la Edad Media (europeos, asiáticos y africanos). Pero, al parecer, no eran ni reyes ni magos; es de alto poder simbólico el doblegarse ante un ser que, aunque poderoso, nace en un establo, simbolismo que la historia demuestra su total inoperancia en el mundo de los humanos. Tampoco serían magos, pues esta palabra es metamorfosis al pasar del persa (sacerdote) al griego (casta de sacerdotes persas o babilonios, que estudiaban las estrellas buscando a Dios), al latín (magus) y por último al español (mago). Quizá eran tres eruditos guiados por la estrella de Belén, estrella sobre la cual hay varias apreciaciones de científicos de la actualidad: que se trató de Júpiter, Saturno y Marte que cuando pasan muy cerca se da una conjunción triple y parecen un solo astro, o del paso de un cometa milenario o de la entrada de Júpiter en la zona este de la constelación Aries lo que propició que el planeta reflejara con más intensidad la luz del Sol o que fue Sirio, la estrella más brillante del cielo nocturno en la época invernal. Las festividades religiosas aquí comentadas más que ser construcción de algún soplo sobrenatural, son obra histórica de la racionalidad y el sentir humano que, a través de fuerzas como la acción política, las creencias religiosas y el conocimiento científico, configuran mundos en permanente cambio. Leyendas y parafernalias pueden ser un bosque oscuro y distractor para quienes buscan en la creencia religiosa respuestas a las siempre preguntas sustantivas de los seres humanos.



