El espíritu de la esperanza

Por: Pablo Andrés Villegas G.

El pensamiento apocalíptico está de moda. No se trata solo de ese sentimiento fatalista que experimentamos a menudo por el desorden en que vivimos. Tampoco es la consecuencia natural de las guerras, de las pandemias, de la violencia que se apodera cada vez más del mundo, del cambio ambiental, o bien del control global que experimentamos. Es un discurso que se va convirtiendo en un falso horizonte de comprensión, es decir, como una manera equivocada de entender la vida, todo esto está alimentado por las redes sociales de comunicación.

Nuestra sociedad nos ha convertido en individuos para el rendimiento. Individuos egoístas que compiten por alcanzar una supuesta felicidad, vacía de todo contenido, basada en la superficialidad y la transparencia. El amor no cabe en esta sociedad, me refiero al amor verdadero, porque los individuos que la componen son narcisistas. El narcisista no puede amar, es incapaz de este sentimiento, porque carece de amor propio, lo que ama de sí mismo es una imagen falsa que ha inventado. Además, el amor nace de la negatividad del otro, de lo que yo no soy; el narcisista de la sociedad actual considera que lo es todo y, por lo tanto, nada le falta, esta es la razón principal de su falta de amor.

… Volviendo al pensamiento apocalíptico, hay que decir que, en nuestra época, el optimismo y el pesimismo son semejantes, todos dos están cerrados al futuro. El primero, cree que todo saldrá bien y aunque no fuera así, todo lo que sucede es para bien, sin tener presente que el futuro no es más que lo que será. El segundo, considera que nada saldrá bien, el futuro no será más que la confirmación de una desgracia, de un desastre, del desenlace fatal de los hechos, etc. Lo contrario a ellos es la esperanza. Es el único remedio para el miedo que se propaga, para la depresión que embarga el mundo. La angustia y el resentimiento estimulan a los individuos a promulgar populismos de derechas. Al atizar el odio se extermina la solidaridad, la cordialidad y la empatía. Una sociedad con miedo es una sociedad ignorante.

Existe un antídoto contra los discursos sobre el fin de los tiempos que puede cambiarlo todo y al que los actuales gobiernos le temen. En su último libro Byung-Chul Han lo describe: «La esperanza nos hace perseverar a pesar de todos los males del mundo. Nietzsche entiende la esperanza como una resuelta afirmación de la vida, como una porfía» (2024). La esperanza le da sentido a la vida. Los gobiernos le temen porque prefieren consumidores ignorantes y saben que la esperanza produce sentido. El consumidor vive solo en el presente, carece de futuro, puesto que solo tiene deseos y necesidades. La esperanza tiende a lo trascendente, porque está abierta al futuro. El que espera, ama. El que espera, sueña. El que espera, construye un futuro. La esperanza no es solo un deseo, porque el deseo carece de narrativa, mientras que la esperanza es fuerza creadora, es impulso hacia el futuro, la esperanza le da al mundo un esplendor especial, lo ilumina, lo llena de sentido, lo transforma. Debemos cultivar la idea que defiende este autor en su libro, idea que se puede resumir en que hay que alimentar “el espíritu de la esperanza (para enfrentarnos) contra la sociedad del miedo” (2024).

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