Por: Pablo Andrés Villegas
La Iglesia Católica universal llora la muerte del Papa Francisco. Cuando hablo de la Iglesia universal me refiero a los católicos romanos y a los ortodoxos. Porque, para nadie es un secreto que el Papa Francisco trabajó de manera incansable por la unidad de la Iglesia, razón por la cual ha quedado en la memoria de los cristianos ortodoxos. El trato amable y cercano que mantuvo el romano pontífice con sus iguales patriarcas ortodoxos era evidente. Sus constantes reuniones oficiales y extraoficiales para tocar temas que competen a todos los creyentes del mundo. Su apertura al ecumenismo y la unidad de la Iglesia, lo convierte sin duda en el Papa que más ha trabajado en ese sentido.
Pero esa no fue la única bondad de Francisco. Una de sus principales preocupaciones se centraba en el orden ecológico, en lo que él bellamente llamaba “nuestra casa común”. Siempre tan latinoamericano en su apreciación y en sus opiniones, buscaba la manera de evitar la expresión fría y calculada de “aldea global”. Y es que pensar el mundo como aldea es muy distinto a pensarlo como casa, en el sentido del hogar, de refugio. Una aldea, en este sentido globalizado, permite un intercambio económico e informativo, incluso performativo; en cambio, la casa es el lugar del encuentro, la posibilidad de la familia, del diálogo, de la paz y la fraternidad.
Nuestro Papa dejó un legado inimaginable, no solo desde lo religioso y espiritual, sino desde lo científico, lo político, lo ecológico, lo humano y lo psicológico. Francisco, supo darles una respuesta a los problemas modernos conservando la esencia del mensaje cristiano. Nos llamó al perdón y a la reconciliación en los momentos de conflictos internacionales, y al mismo tiempo, invitó a los dirigentes del mundo a trabajar unidos por la paz y la justicia social. Atrajo las críticas cuando al comienzo de su pontificado tomó decisiones liberales, basadas en una teología que nació en América, que fue nutrida por el pensamiento alternativo, por la filosofía de la liberación; decisiones que en otros tiempos lo hubieran convertido en un hereje, pero que, sin contradecir la doctrina y la tradición de la Iglesia, respondían a los problemas actuales. Aunque personalmente no estoy de acuerdo con la apertura de la Iglesia al mundo moderno, no puedo negar que el Papa actuó movido por el Espíritu Santo y en respuesta a una corriente posconciliar que pide cambios y que exige la participación de todos los miembros eclesiales.
El Papa Francisco se desgastó en el servicio. Nos dejó muchas tareas pendientes. No le alcanzó el tiempo, quizás, porque toda esa responsabilidad no debe estar sobre un solo hombre y es necesario que todos, creyentes o no, nos comprometamos en esas gestas por la vida, la paz, la justicia social, la reconciliación y el amor. Quiero, finalmente, recordar que todos somos peregrinos, todos vamos de camino; ser peregrinos es una invitación a ir juntos, sin detenernos, camino hacia la verdad y hacia el sentido de la vida; por otro lado, nos sostiene la esperanza ¿Qué sería del mundo sin la luz de la esperanza? La esperanza le da sentido a la vida. La esperanza tiende a lo trascendente, porque está abierta al futuro. El que espera, ama. El que espera, sueña. El que espera, construye un futuro.



