PILAR LONDOÑO Y UNA EPOPEYA DE FAMILIA

Por: Francisco González Medina | Especial para Periódico EL FARO

Mientras espero a mi invitada, que ya no tarda en hacer aparición, no dejo de pensar que esta entrevista será la última. Sí, no escribiré más para el FARO físico. Porque este importante medio local asistirá a su propio destino.  Quiero decir ya no tendrá páginas ni olor porque la prensa escrita ahora será inolora y fugaz. Ya no podrá arrumarse ni archivarse. Ni para aquellos que maltrataron sus páginas dándole otros usos. Esta, pues, lamentablemente, será una introducción a esta crónica sin epitafio. Sencillamente The End como en las películas. O como la de tantos otros medios que ya no están porque la avalancha virtual de la tecnología los devoró. Pero debo aceptar de mala gana algo peor: la desaparición impresa de un periódico. Igual que años atrás lo hicimos con la invasión del teclado con pantalla: el computador. Y al que tuvimos que adaptarnos. Renunciando a la máquina Remington y Brother, amigas y confidentes. Con las que celebramos nuestras mejores crónicas y artículos en las salas de redacción. En los diarios de los cuales hicimos parte. Pero ahora se trata de algo más pequeño: un celular. Al que el mundo tiene acceso. Desde el niño hasta el más viejo. ¿Estamos viviendo ya el tan presagiado futuro?

Después de elucubrar sobre lo que ya llegó y parece inevitable, mi invitada acaba de llegar a la mesa. Luce sonriente, como siempre. Creo que una de sus mayores virtudes es la risa. Por eso Pilar le dijo a su madre siendo apenas una niña que ella quería ser “payasa”. Y ese mensaje yo puedo decodificarlo. Será la niña que se quedará con ella para siempre. La que la llevó a crear para su nieto en una reunión de abuelos “El hada cuentacuentos”. Inspirada en Blanca Nieves. Ahora, ya tomándonos un tinto en La Pastelería, a orillas del encantamiento de las piscinas en las cuales quisiera sumergirme, Pilar luce dispuesta a contarme su vida. Debo dejar en claro que siempre quise entrevistarla. Su actuación una noche en el Parque del Machete, cautivó no solo mi retina, sino que pude ver en ella a una mujer rebelde que, a través del arte escénico, daba vida a personajes de la región utilizando el humor y la sátira. Pero las historias tienen un comienzo, y…no se sabe si un final. Y este encuentro tiene que ver con una familia de arrieros antioqueños que, como muchas otras, tuvieron que abandonar su tierra huyendo de la locura de una violencia que dejaba a su paso desolación y muerte. La misma muerte que, como “hado maligno”, parafraseando a José Eustasio Rivera, azotaba a los más débiles. Porque la violencia había sido como un tornado en los campos donde, lamentablemente, estaba la comida y el abastecimiento de miles de criollos. La violencia que, a su paso, había desangrado la tierra de Rulfo, Icaza y Vallejo. Porque México, Ecuador y Perú no escaparon tampoco a los abusos de la codicia por la tierra. La violencia que María del Pilar Londoño nos transmite en su libro “Del campo a la Ciudad”. Una familia obligada a dejar su tierra arriera porque los muertos empezaron a dar avisos y gritos. Y como en Comala, muchos de los pueblos antioqueños, se fueron llenando también de casas fantasmas y cadáveres errantes.  

Catorce mulas de buen talante, bien herradas y mejor alimentadas, se enfilaron en la puerta de la casa que hasta entonces había sido la morada de la ilustre familia Londoño Botero, conformada por estos patriarcas y nueve hijos, seis hombres y tres mujeres, nacidas y criadas en las hermosas montañas del sureste antioqueño”. Empezaría, así, con la prosa de Pilar, el éxodo de una tribu antioqueña en busca de nuevas tierras que les garantizara la vida y, sobre todo, un futuro a su descendencia. Y no sería en feudos antioqueños sino en una nueva tierra donde “plantaron su comuna”. Habían llegado después de tres meses, “a un pueblito perdido en la cordillera y del que nada conocían”. Entonces la familia Londoño Botero se instalaría en El Águila. Un asentamiento valluno de gran influencia paisa, pues sus costumbres y comida, así como su hablar no perdieron nunca la influencia antioqueña. Lejos entonces de los sobresaltos de la violencia, a la que no perdieron nunca de vista, la familia Londoño Botero, se fue consolidando como un núcleo de “gente buena y trabajadora”. Pronto se harían fuertes y prósperos. Una familia que crecía también “en admiración y respeto entre la nueva sociedad”, como bien lo dice Pilar acudiendo a los recuerdos y a la veneración que siente ella por su padre”. Jaime Londoño Botero, seguirá siendo para nuestro personaje de esta última edición en físico, su líder y hombre favorito. De quien admira su tesón y disciplina. Pero sabe también que la bella jovencita Inés Arango Echeverry tuvo mucho que ver con los éxitos de su padre, más allá del amor y de un traje de bodas. Y Jaime e Inés se conocerían en Cartago. En la calle, donde funcionaba Arteco, una oficina que prestaba servicios de arrendamientos, negocios y comisiones. Allí una amiga de Jaime Londoño Botero, Fanny Vargas, en compañía de una hermosa jovencita de Manizales lo saludaría desde la calle. Entonces el exitoso joven de negocios siente que el corazón se encabrita y se le desboca. Y sin pensarlo monta en su bicicleta y les da alcance. Allí estrecharía la mano de Inés y queda prendado de su belleza. A partir de entonces cartas van y cartas vienen. A veces dos cartas por día en Trans-Ocampo.  Y visitas constantes por bus o en tren. Así por nueve meses. Hasta que el novio se resuelve.  Ya no soporta el frío de Manizales porque siente que se le “congela hasta la quijada”. Y se juega la fecha de matrimonio en dos números. Inés sin saberlo responde a sus preguntas. “Jaime le pide a Inés que le dé un número del uno al doce. Ella dijo nueve. Y ahora el novio le pide otro número del uno al treinta. Inés dijo cinco y fue así como fijaron la boda para el cinco de septiembre del año en curso, 1953”. Cabe decir que la empresa Trans-Ocampo, testigo de aquel romance, daría a los novios el día de la boda, un buen regalo. Un matrimonio que lo celebraría con entusiasmo la familia de un joven que se la pasaba leyendo textos sobre Derecho y Jurisprudencia. Y que era la admiración de todos sus tíos. Y una novia que, a la parentela de Jaime, había caído bien, no solo por su belleza manizalita, sino por su formación. Pues de dieciséis años la nueva integrante de la familia, daba muestras de carácter y fortaleza. Se diría entonces que no se sabía quién había quedado mejor casado, si el novio o la novia.

Atrás quedará una primera historia. La del éxodo. La que se perpetuará en la memoria de los Londoño Botero y en la de sus descendientes. Ahora la de la ciudad: Cartago. Me dice Pilar que ella estudió toda su primaria y bachillerato en el colegio María Auxiliadora. Y que Betty Buenaventura sería su mejor amiga hasta el día de hoy. Cuando la nostalgia las reúne de nuevo para recordar cosas y pilatunas del colegio. Pero antes me cuenta que Inés, su madre, siendo tan jovencita, fue quien propuso a los tíos de su padre, sin que éste si diera cuenta, que le costearan a Jaime, su sobrino, la carrera de Derecho. Sugerencia aprobada de buen ánimo por todos ellos, pues veían en él a un muchacho estudioso y con ganas de comerse el mundo.  Recuerda Pilar que su amor por el arte la llevó a convertirse líder en el colegio con la obra de teatro “La zapatera”. Que se enamoró de un muchacho escultor que amaba el arte tanto como ella. Que tenía sensibilidad como ella. Que tenía pinta porque sus amigas no disimulaban su gusto por él. Y Carlos quiso casarse con ella al escondido. Pero ningún cura los quiso casar porque era hija del alcalde de Cartago, su padre. Sí, Jaime Londoño Botero, llegaría a ocupar el primer cargo de una ciudad que despuntaba por su condición geográfica. Sin embargo, dice, me casé. “Yo también fui hermosa”, añade y sonríe. Me confiesa que se llevó el título de las piernas más bellas del colegio. Y que cada vez que la monja le decía que le hiciera ruedo a la falda, ella le subía más. Que le gustaba el arte dramático porque se las ingeniaba para escapar del colegio y verse con los novios. Los, porque no tuvo un solo novio. Entonces suelta a reírse y me dice que no vaya a pensar mal de ella. Y que fugarse por un momento era algo así como una escena de película. Y que dramatizar como lo hacía solo sirvió para conocer el talento que había en ella. Y ese deseo la animó para confesarle a su madre que deseaba ser actriz. Y ella le contestaría que era una profesión indecente. No obstante, Pilar estaba convencida que la mujer que la trajo al mundo, hubiera querido ser también actriz como ella. Y lo dice porque me cuenta que Inés Aragón Echeverry tenía arranques de cantante de ópera. Cantaba Donna é mobile o La Traviata. Que se vestía como si estuviera actuando en la sala de un teatro. Y que en ese momento les decía que no era Arango su apellido sino el de Aragón de España. Y eso los hacía reír a todos.

Y más allá del teatro, descubrió también que tenía la facultad de escribir como su padre. Y en un momento de su vida se inventa el periódico “Unidos podemos”. El alcalde de entonces, Rodrigo Durán, la nombra Jefe de Prensa y alcanza a sacar ocho ediciones. Pilar le ofrece al sindicato una página para que puedan expresar y difundir las actividades del gremio. Calmando así los ánimos políticos de ese momento. De pronto calla y se va. El recuerdo de la pérdida de su hermana mayor, palidece su rostro. “Nadie esperaba eso. Fue un golpe muy duro. Pensé que moriríamos todos”, me dice. “Nada volvió a ser igual, nadie entendía lo sucedido…”. Ahora vuelve a sonreír. Me habla de sus otros hermanos, Gloria Inés, Martha Cecilia y Jaime. Recuerda cuando jugaban y nadaban en la piscina del Hotel Mariscal en Cartago. También las idas al parque la Isleta a un lado del río La vieja. Con sus amigas. Piensa que en el carácter de Inés Arango Echeverry influyó la muerte de su padre, cuando la que sería su madre contaba con solo tres años. Asesinado por las manos de un borracho, como el viejo Cheno en Pedro Páramo. Y que siendo tan niña no solo le tocó escuchar la noticia de su muerte, sino que cambiaría la vida de toda la familia. Pues a Inesita le tocaría vivir la infancia y parte de su adolescencia en el internado de Circasia, un pueblo de clima agradable en el Quindío.

Me recuerda Pilar que tiene tres hijos: un par de mellizas, Natalia y Valentina. Y un varón de nombre Santiago. Ella como su padre también leería cuentos a sus hijos a la hora de dormir. Y escribiría poemas. Recuerda que su madre decía que sus hijas eran princesas. Tenían tres empleadas y niñera. Aún la voz de su padre suave y autoritaria la conmueve. Le parece estar escuchándolo cuando hacía radio por Ondas del Valle en Cartago: “La ciudad y sus gentes”. 26 años conectado a un público que escuchaba con interés su programa. Y Pilar siguiendo los pasos de su padre, tendría también un espacio en la misma emisora: Magazín, Mujeres 2000. Estudiaría Artes Escénicas en la Facultad de Artes de la Universidad del Quindío. Y también como su padre escribiría versos. Recuerda el poema de Jaime Londoño a Inés Arango, el amor de su vida. “Cuando no estoy contigo/ Me falta el aliento/ Todo es amargo, triste, mustio, sombrío/ No canta el ave/ Y no murmura el viento/…” Y su padre en una visita a Santa Rosa de Cabal donde unos primos de Inés, se enamoraría de Tarragona, una propiedad de don Arturo Duque. Y la tierra con su casa estilo español pasaría a manos de la familia. Desde entonces las vacaciones y los fines de semana ocuparían la mente de Jaime Londoño Botero y su familia.

Hoy, Pilar Londoño Arango, vive en Tarragona donde tiene un hostal. Y hace años viene desarrollando su talento creando personajes. En Santa Rosa le ha dado vida al Verraco de Guacas, a la prima Romelia, ingenua, ordinaria, coqueta e imprudente. En la obra de teatro “A la diestra de Dios Padre” dirigida por el profesor Juan de Dios Aguirre Pineda, y a quien debe parte de su formación artística, interpreta el personaje de Peraltina, la hermana de Peralta. Ya en la universidad había hecho parte del elenco de la obra “Bodas de sangre” de Federico García Lorca. Pilar es una mujer a la que le llama la atención el arrabal y sus mitos. Tanto como la improvisación en sus actuaciones. Poseedora de personalidad y dominio escénico ha sabido ganarse un espacio en el ámbito de la cultura risaraldense. Y su obra, una novela epistolar llamada 365 cartas de amor, está no solo bien escrita e hilvanada, sino que estremece a quien la lea. Juntos lector y protagonista se unen a la búsqueda de la mujer que pierde a su pareja. En 365 cartas de amor el erotismo parece ser el protagonista. Y ella quiere encontrarlo. Son muchas cosas vividas. Una novela que me hacer recordar el tema maravilloso “Te busco” interpretado magistralmente por dos voces inolvidables. La de la cubana Celia Cruz. Y la de la colombiana, Matilde Díaz. Dos voces amigas. Siempre en la selección de las mejores intérpretes del bolero, la guaracha y la música tropical. Espero leer el libro. Quedo pendiente de una nueva edición. Entonces me queda la sensación de que la historia de Pilar Londoño Arango, es también la epopeya de una historia de familia. Percibo que puede existir un parentesco con las hermanas Botero. Hijas de ese gran hombre de teatro, Jaime Botero. También antioqueño. ¿Será? Cierra los ojos y creo que Pilar intenta ver el mar porque con él se conecta muy fácilmente. O quizá sea la música. El jazz o una vieja canción de arrabal. Tal vez un tango. Quisiera saberlo. Mueve las manos y me parece que teje recuerdos. Siento que se ha ido. Un sonido viene de una mesa. Parece el trote de catorce mulas. La familia Londoño Botero que está de vuelta.   

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