Limosnas

Por: Juan Gabriel Pérez Botero

Hay palabras que revelan más al que las pronuncia que a quien pretende señalar.

Limosna, por ejemplo.

Una palabra pequeña, pero con un olor antiguo: a mano extendida, a superioridad, a alguien mirando desde arriba cómo otro recoge del suelo lo que puede. Una palabra que, dicha desde un atril, parece tener permiso para despreciar aquello que, lejos de los micrófonos, significa otra cosa.

Porque mientras algunos calculan cuánto vale una reconstrucción, otros están tratando de reconstruir una vida.

El que perdió la casa no pregunta si el agua que le llevan viene de un rico, de un pobre, de una empresa o de un vecino. La bebe.

El niño que recibió un balón no le pregunta al balón quién lo compró. Lo patea.

La familia que perdió todo no se pone a examinar el apellido de quien dona. Agradece.

Pero siempre aparece alguien dispuesto a mirar la solidaridad desde arriba, con esa soberbia peculiar de quien confunde la caridad ajena con su propia estatura moral.

Qué curioso: hay quienes hablan tanto de dignidad que terminan insultando la mano que ayuda.

Y hay palabras que deberían tragarse antes de pronunciarlas.

Limosna no fue la comida entregada, ni el agua, ni el techo, ni las manos cavando entre los escombros.

Limosna es creer que desde un micrófono se puede empequeñecer el gesto de quien, pudiendo no hacerlo, decidió ayudar.

Lo demás es política.

Y la política, cuando pierde la vergüenza, también aprende a llamar limosna a la solidaridad.

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