Por: Fernando Guzmán Arango
Parte 3: El final de Antonio
El derrumbe de Antonio duró algo menos de un año. Murió en su casa, en su cuarto, en su cama, como lo había pedido cuando empezaron los cuidados paliativos. El cuarto está en una ligera penumbra, ya que Isabel ha cerrado las cortinas livianas, dejando abiertas las más pesadas. Afuera, está nublado, y no cesa una ligera lluvia, de esas tan comunes en abril. En una esquina del cuarto está el equipo de sonido que él ha ido armando en el curso de los años, cada vez con nuevos elementos, más funcionales. Antonio era un gomoso tanto de la música como de los aparatos que iban saliendo para escucharla. Ahora es posible oír la música en cualquier cuarto de la casa. En la mesa de noche están la caja verde de pastillas semanales, ordenadas día por día, mañana y noche; un vaso con agua; una lámpara; y un viejo reloj despertador, que aunque ya no lo usa, lo conserva por nostalgia de la época en que arreglaba toda clase de artilugios. Cruzó los brazos como cuando se quedaba dormido. Isabel está a su lado, y le sostiene su mano hasta el final. Ella queda inmersa en una profunda tristeza; suavemente suelta su mano, y pone a sonar uno de los tangos que más le gustaban a Antonio. Aunque él no era alcohólico, ni siquiera un bebedor fuerte, podía pasar largas horas los fines de semana, oyendo su música favorita, a veces solo, a veces en tertulia con sus amigos. Le gustaban mucho los tangos, que había oído desde pequeño al pasar al lado de las cantinas del pueblo. Pero entre todos los tangos, el que más lo conmovía era ese de Gardel y Lepera, “Sus ojos se cerraron”’.
Sus ojos se cerraron
y el mundo sigue andando
su boca que era mía
ya no me besa más
se apagaron los ecos
de su reír sonoro
y es cruel este silencio
que me hace tanto mal.
Isabel no compartía la afición por la música, y menos por los tangos. Para ella eso era algo que tenía que aguantarse, y fueron muchas las peleas que empezaron por la insistencia de Antonio en que Isabel participara de sus tertulias musicales.
Esa tarde, cuando la realidad de la muerte la golpeó haciéndole casi explotar la cabeza, puso a sonar “Sus ojos se cerraron”’. Y sonó una, y otra, y otra, y otra vez. Todo el cuarto quedó inmerso en una neblina musical que no terminaba de disiparse. No se tomó ni un solo trago, pues tampoco ha sido amiga del alcohol, pero estuvo la noche entera martillando ese tango, y llorando cada que Carlitos Gardel volvía a decir:
las lágrimas trenzadas
se niegan a brotar
y no tengo el consuelo
de poder llorar.
