Por: Padre Pedro Nel Delgado Quintero | Misionero Vicentino
Un domingo, en la Sagrada Eucaristía, el Evangelio era el discurso de Jesús sobre el Pan de Vida, del capítulo sexto de San Juan: “YO SOY EL PAN DE VIDA BAJADO DEL CIELO”.
Aproveché para narrar en la homilía, la historia que contó una vez el Padre Bernard Harin, sacerdote católico alemán, quien fuera, durante la segunda guerra mundial, capellán del ejército.
Cuenta el Padre Bernard que un día después de una batalla entre alemanes y franceses, el campo de batalla estaba plagado de cadáveres y jóvenes soldados agonizantes, y él, con su maletín de primeros auxilios y con los Santos Óleos y la Sagrada Eucaristía, recorría el valle, auxiliando a todos los que podía, de ambos ejércitos. Se llegó a un soldado que gemía y estaba ya agonizando, el Padre le dijo:
-“Soy un Sacerdote católico, si deseas puedo darte la absolución, ungirte con los Santos Óleos y darte la Sagrada Comunión”. A lo que el joven agonizante le respondió:
-“Padre, deme un cigarrillo por favor, es lo único que quiero en este momento”.
El Padre Haring, sacó un cigarrillo, lo encendió y se lo dio al joven soldado que moría, quien lo fumó con ansiedad hasta el final, y luego expiró.
El Padre Bernard, continuó auxiliando heridos, y de pronto llegó a otro joven que agonizaba, le dijo:
-“Soy Sacerdote católico, ¿deseas la absolución de tus pecados, la unción con los Santos Oleos y la
Sagrada Eucaristía?
A lo que el joven soldado respondió:
-“Claro Padre, ¡qué alegría y qué gracia de Dios tan grande! Desde que hice mi primera comunión,
nunca he dejado de recibir la Sagrada Eucaristía todos los domingos, sólo ahora, con la guerra, no he podido cumplir mi promesa hecha ese día tan feliz, cuando era niño”.
Se confesó, recibió el Cuerpo de Cristo y fue ungido con los Santos Óleos. Al final, el joven le dijo al Padre:
-“Por favor escriba ni nombre y el de mis padres, la dirección y el pueblo donde viven, y alguna vez,
cuando pueda, dígale a mi madre que morí confesado y después de haber recibido la Santa Comunión y que los espero en el cielo”.
Algún tiempo después, pasada ya la guerra, el Padre Bernard Haring, buscó la familia del soldado y la encontró.
Le contó a los padres y hermanos el encuentro y la muerte en paz que había tenido el joven católico, y
el mensaje que había copiado con tanto cuidado. A lo cual la madre del soldado exclamó:
-“¡Fue por milagro de Dios, que mi hijo tuvo esta gracia! Se la había pedido a Nuestro Señor el día de su Primera Comunión, le había prometido que comulgaría todos los domingos y que no le fuera a dejar morir sin la confesión y sin La Sagrada Comunión. Dios le cumplió lo que mi hijo le había pedido con tanto amor.
Esta ha sido una gran noticia y un extraordinario consuelo”.
Terminé así mi homilía:
-“¿Qué piden hoy nuestros jóvenes?
¿Cigarrillo o Eucaristía?
¿Cuál es el gran anhelo de nuestro corazón?
Bendiciones.
Padre Pedro.


