Por: Fabián Osorio Mosquera
Son las 21:24 en el Hard Rock Stadium de Miami, el árbitro autoriza 7 minutos de reposición en el partido en que Brasil va derrotando a Haití 3 goles por 0. En Río de Janeiro son las 22:24 y algunos televisores están encendidos, muchos de ellos con espectadores al frente, siguiendo la transmisión del juego de su selección.
Aun así, muchas otras personas están en otra cosa: João, un trabajador público de 46 años, se había ido a dormir pensando en el trabajo del día siguiente. Maiara, profesora de artes, veía por YouTube un episodio de Dancing Brasil, conducido por la icónica Xuxa Meneguel. Otavio, arquitecto oriundo de Sao Paulo, tomaba una cerveza con su amigo Wellington en un bar en el que, de reojo y muy de vez en cuando, miraban como iba el partido.
Cuando el árbitro marca el final del encuentro a eso de las 21.33 de Miami y 22.33 de Río, Brasil confirma su paso a la siguiente ronda del Mundial de Fútbol de 2026. Joao sigue durmiendo, Maiara sigue viendo su programa y Otavio y Wellington chocan sus botellas y esgrimen una pequeña sonrisa por el resultado.
Nadie sale a las calles a festejar, nadie tira maizena y a nadie se le ocurre salir en una moto a pitar como un loco por ganarle a Haití. ¿Por qué no? Pero sobre todo ¿Por qué en Colombia sí?
Hay un par de respuestas para esto pero la principal la recibimos desde una perspectiva sociológica.
El brasileño actúa sin querer desde la definición de un umbral de expectativa maximalista. Es decir: acostumbrados a sus victorias y portando con orgullo la chapa de pentacampeon, su normalidad es llegar a instancias finales. Cualquier resultado por debajo de este sería considerado un fracaso y celebrar una victoria ante Haití sería algo indigno, casi como rebajarse.
El colombiano por su parte -aunque también sin querer- ve el fútbol como un mecanismo de cohesión social, casi como una excusa: Sin importar el rival, un partido en un mundial y una eventual victoria nos activa la narrativa del logro, nos hace sentir que estamos avanzando y que por lo tanto -no solo está bien- sino que debemos festejar ese triunfo y el hecho de vivirlo colectivamente. Lo tomamos como un desahogo para un país que tantas penas nos genera por otros lados.
Estas 2 realidades me dejan una paradoja futboleramente existencial dando vueltas en la mente: ¿Qué es mejor? ¿Ser el sobresaliente acostumbrado que por su misma exigencia se vuelve frío o el de calificación media-alta que encuentra alegría desde el minuto cero?
Yo aún no estoy seguro pero me inclino a pensar que la verdadera gloria no está en las copas que levante mi selección sino en la posibilidad de gritar un gol con papá y levantar la copa yo, pero para brindar con el desconocido compatriota del lado, porque al menos en esta, estamos unidos.


