Por: Fabián Osorio Mosuquera
Miguel acelera su moto por una calle empolvada mientras esquiva carros, personas que corren desesperadas y tejas que 4 minutos antes se habían estrellado contra el pavimento. Son las 7.40am y Miguel solo piensa en atravesar el centro y el viaducto para llegar a su casa en Dosquebradas. Sostiene en su boca el crucifijo de un rosario regalado por su madre que suele llevar colgado en su pecho desde hace muchos años atrás, mientras se encomienda de manera repetida a la Virgen del Carmen para que lo cubra con su manto.
Liliana había salido pálida y temblando del local de uñas en el que trabajaba. Aún desconcertada trotaba en dirección a su barrio aunque consciente de que a ese ritmo tardaría un par de horas en llegar del centro al Parque Industrial. Pensaba en su hijo y en su madre que habían madrugado a la reunión del Salón del Reino que quedaba cerca a su casa. Se consolaba diciendo para sí misma con el volumen de un susurro “Jehová es mi refugio. Jehová me ayudará❞.
Con su rostro empapado de lágrimas y sudor, Liliana mueve las manos tratando de llamar la atención de algún vehículo que la pudiera acercar al encuentro con su hijo y con su madre. Paró una moto. El conductor le preguntó para dónde iba y después de considerarlo por menos de 2 segundos, le dijo que él la llevaba. Era un tal Miguel.
El viernes antes del sismo, Maria del Mar celebraba la posesión del nuevo presidente. La esperanzaban los 4 años que venían con el nuevo mandatario y sentía un gran alivio al ver que la izquierda había sido derrotada. Roberto, en Bogotá, sintió ese mismo 7 de agosto una tristeza enorme por exactamente el mismo motivo. Estaba convencido de que el nuevo presidente era un desacierto monumental para el futuro del país y alcanzó a maldecir e insultar a quienes lo ayudaron a elegir.
Una semana después, Roberto despachaba para Pereira un camión con donaciones que había logrado llenar entre varios amigos y colegas. Uno de sus pocos contactos en la ciudad le había recomendado un centro de acopio independiente que estaba muy organizado y haciendo llegar las ayudas a personas damnificadas que estaban quedando por fuera del radar oficial. Era el centro de acopio creado y dirigido por Maria del Mar.
Ni Miguel, ni Liliana, ni Maria, ni Roberto se preguntaron cosas más allá de lo importante. Nadie pensó si la mano que brindaba ayuda era la izquierda o la derecha, o si quien la necesitaba sostenía un crucifijo o susurraba el nombre de Jehová. Porque cuando un terremoto o cualquier tragedia sucede todo se reduce a lo importante, y los dogmas, los partidos y las diferencias son las primeras en caer y quedar sepultadas bajo los escombros.
Porque son en esos momentos donde brota aquello que nos hace humanos: la capacidad de reconocer el dolor y el amor que hay en el otro y en nosotros mismos.


