Por: Valentina Orozco Marín | Pedagoga / Psicóloga Eficaz Mente
El cerebro infantil es un cerebro en desarrollo que requiere orientación, acompañamiento y estructura de manera constante. De allí surge la importancia del papel que asumimos los adultos en la construcción de entornos que brinden seguridad y favorezcan la comprensión de lo que ocurre en la vida cotidiana.
Las rutinas permiten organizar las actividades diarias de forma predecible, lo que contribuye a disminuir la vivencia de situaciones caóticas o inesperadas. Como plantea Stamm (2019), la predictibilidad cumple un papel importante en la organización de las experiencias durante la infancia.
Como adultos, generalmente tenemos una idea clara de cómo estará organizado nuestro día y sabemos, en cierta medida, qué esperar en cada momento. Pero ¿qué ocurre con los niños y las niñas? En muchos casos, desde el rol adulto, debemos repetir varias veces una misma solicitud, lo que puede convertir actividades cotidianas en una lucha constante, especialmente durante las rutinas de la mañana y de la noche.
Es importante comprender que el cerebro infantil aún se encuentra en proceso de desarrollo. Por esta razón, cuando una indicación está acompañada de gritos, amenazas o situaciones de tensión, el niño puede experimentar una respuesta emocional intensa, asociada a la activación de sistemas cerebrales relacionados con la alerta, como la amígdala. Así, un momento cotidiano que podría desarrollarse de manera tranquila y predecible puede terminar convirtiéndose en una experiencia de caos, frustración y conflicto tanto para el niño como para el adulto.
Comprender este proceso permite cambiar la mirada: no se trata únicamente de que el niño “no quiera obedecer”, sino de reconocer que todavía necesita del adulto para anticipar, organizar y regular muchas de las situaciones que hacen parte de su día a día. Cuando no existe una rutina predecible, el comportamiento puede desorganizarse y, por este motivo, los niños y las niñas necesitan rutinas visuales.
Ellos, requieren que describamos el paso a paso de lo que se espera ante una determinada acción, para así ayudarlos a ser exitosos en aquello que se les ha indicado. Entonces, ¿qué podemos hacer? Una herramienta muy valiosa que se puede emplear son las rutinas visuales, utilizadas dentro de la disciplina consciente.
Las rutinas visuales pueden implementarse desde la infancia hasta la adolescencia. Para elaborarlas, lo primero es enumerar las actividades que hacen parte de la rutina. Por ejemplo, en la mañana: cepillarse los dientes, bañarse, desayunar, entre otras. Luego, se eligen imágenes acordes con cada acción y lo más cercanas posible a su contexto; incluso pueden utilizarse fotografías de ellos mismos o imágenes realistas. Después, estas imágenes pueden pegarse en una cartulina y, finalmente, se puede incorporar un checklist que permita marcar cada actividad una vez realizada.
Con este recurso se busca fortalecer la motivación intrínseca y la satisfacción del deber cumplido, brindando seguridad y evitando que la realización de la actividad dependa únicamente de la validación externa o del deseo de complacer al adulto. La rutina visual no es un elemento decorativo, sino una herramienta que puede ayudar al niño o a la niña a ser exitoso en aquello que debe realizar y, al mismo tiempo, brindarle seguridad.
También es muy importante que, al cumplir cada acción, el adulto pueda reconocer el logro con expresiones como: “Lo lograste”, “Lo hiciste”, “Te lavaste los dientes, ¿ahora qué sigue?”. De esta manera, se acompaña el proceso y se favorece que el niño identifique sus propios avances.
No es necesario realizar una rutina visual para cada momento del día. Puede implementarse únicamente en aquel momento o actividad que represente mayor dificultad para el niño o la niña.


