El 25 de enero de 1999 la tierra se movió y me sorprendió en el centro de Santa Rosa de Cabal caminando de la mano de mi madre. Recuerdo la fragilidad con la que el suelo se hizo líquido, la fragilidad de la vida pasó ante mis ojos, el instinto de supervivencia nos empujó de repente en una búsqueda infructuosa de refugio seguro. Para el adolescente que era entonces, el mundo perdió su firmeza en cuestión de segundos; fue una fractura en la inocencia que dejó una huella profunda e imborrable. La vida ya nunca más sería igual, después de estar ante el terror de perderlo todo.
Hoy, 10 de agosto de 2026, la tierra ha vuelto a temblar. Las aulas estaban vacías, celebrábamos en casa el día de la familia y sin duda muchos de mis estudiantes estaban solos o con sus cuidadores porque sus padres ya habían salido para el trabajo. En 1999 para mí también era la primera vez que presenciaba un temblor. Luego, vendría la dificultad para dormir, la sensación de suelo inestable, los mareos y todos los síntomas postraumáticos que genera un movimiento de tierra tan fuerte. Ya no soy el muchacho asustado de finales de siglo, sino el adulto, el profesor. Sé que, desde sus propios hogares, mis estudiantes atravesaron hoy ese mismo abismo de incertidumbre que a mí me marcó hace años, descubriendo por primera vez la fragilidad del mundo que habitan.
Al reflexionar sobre estos eventos que nos despojan del control, viene a mi mente el filósofo Byung-Chul Han, quien en Vida contemplativa nos recuerda que las verdaderas transformaciones y la hondura de la existencia no nacen de la acción acelerada ni del dominio pleno, sino de nuestra capacidad para detenernos y asumir la vulnerabilidad. La catástrofe interrumpe la inercia cotidiana y nos fuerza a mirar lo esencial: aquello que no podemos controlar es, precisamente, lo que nos conmueve y nos une.
Haber vivido el sismo del 99 fue una preparación silenciosa para este presente. Aunque hoy no pude tomar sus manos en el aula, la docencia se ejerce también en el pensamiento y en la empatía a la distancia. Hoy me corresponde ser esa voz que, al reencontrarnos, les ayude a procesar el susto, a habitar la pausa obligada y a comprender que, aunque el suelo se mueva, la solidaridad y el vínculo humano son los cimientos que jamás se caen.

